martes, 23 de marzo de 2010

Con lengua

Quién sabe si hay algún lazo oculto, alguna materia escondida que une el desierto y los besos. Es evidente lo que une los besos y las lenguas, e incluso la que une las lenguas a los desiertos: la sed. Siempre la sed...


jueves, 18 de marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

Me equivoqué otra vez.....

Algo que tenía que suceder no sucede, o lo que no tenía que suceder sucede acarreando un sentimiento de desaliento.

Por muy terrible que sea lo que nos ha sucedido no deja de ser un resultado. Algo que podemos aprender, mejorar, cambiar, corregir y evitar en el futuro. En lugar de entretenernos en culpabilidades, penas o flagelaciones, vale más que aprendamos de lo sucedido. El fracaso es un calificativo dirigido a la moral, a la ilusión, a la voluntad de aquello que ahora vive en la contrariedad. El fracaso visto así reside en interior de la persona y no en los hechos en sí.

Así como después de una perdida se produce un periodo de duelo, después de un sonoro fracaso se produce una situación de crisis. Hay que replantear de nuevo, pero sobre todo hay que cambiar. Si siempre se hace lo mismo, siempre se acaba obteniendo el mismo resultado.

Aunque pretendamos andar armonizados y evitar el sufrimiento, nuestro estado natural no es precisamente el de la perfección.

Nuestra cotidianidad es una lucha continua para evitar el mal mayor. Más que dirigir la acción hacia lo que queremos, la dirigimos a evitar lo que no queremos.
Todos son esfuerzos para no caer. Sin darnos cuenta, en lugar de ahuyentar el miedo, lo estimulamos. De tanto temerlo lo atraemos hacia nosotros.

Que tropecemos es algo inevitable. Pero lo que mide nuestra auténtica capacidad de respuesta es el tiempo que necesitamos para volvernos a levantar.

La fuente principal de los fracasos esta situada en un error en las expectativas. El problema es hacernos con nuestros deseos y nuestras ilusiones. El factor incertidumbre está siempre presente y hay que contar con él. Unos lo miden de forma optimista y otros pesimista. Unos ven el vaso medio lleno y otros medio vacío. Unos ponen mucha razón, y otros mucha emoción. Pero lo que unos y otros deben evitar es un exceso de expectativas. Cuanto más elevadas, más dura puede llegar a ser la caída. No hay que renunciar a las expectativas, sino saber ver en ellas la parte de fracaso que ocultan. Todo ocurre a la vez. No existe lo uno sin lo otro.

Cuando se anda metido en la incertidumbre, la mente se pone en marcha a velocidad de vértigo. El pensamiento se obsesiona por partida doble: busca justificaciones o porqués de lo sucedido y anticipa todo lo que pueda ocurrir en un futuro. Lo uno nos ancla en el pasado y lo otro nos proyecta hacia el futuro. No hay manera de centrarse en lo que más necesitamos que es estar presente y estar en el presente. No forzar nada. Es fácil caer en la trampa de considerar que si le das vuelta a las cosas se encontrará la solución más adecuada. Inútil. Va a ocurrir todo lo contrario. La solución se convertirá en el problema.

Dice Dalai Lama que la vida no es que sea una ilusión pero si es como una ilusión.
Aquello que aparenta se fuente de felicidad lo acaba siendo de infortunio y aquello que parece una maldición acaba siendo una bendición. La no permanencia de la vida nos permite entender que todo ocurre a la vez y que nada es para siempre.