jueves, 23 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Amigos blogueros, no soy fiestera y la navidad no me gusta; no sé si por ese tufo sensiblero que lleva enfundado. Sea por lo que fuere y como hay que estar a las duras y a las maduras y aceptar las apetencias de los demás, (a esto lo llamamos convivencia) me adentro en esta espiral de felicitaciones y os deseo, a todos los que transitáis por esta pradera de sueños, que estos días os sean propicios (a pesar de la crisis), espero que la fortuna haya llenado vuestros bolsillos (sobre todo a los que nada tienen) y que el año venidero llegue con aire nuevo que nos cambie la mentalidad, los modos de sentir y pensar para que este mundo, al que tanto apego tenemos, sea más solidario, más humano y más sensible. Feliz navidad.


jueves, 16 de diciembre de 2010

TOMO DE NUEVO MI RUMBO


Cada vez que descuido mi conexión conmigo misma vuelvo a perder el rumbo. Si siempre tendemos a proyectar la atención fuera nos lleva un precio caro. Sensaciones de vacío, sin sentido y confusión señalan de manera más o menos intensa que se ha perdido ese contacto íntimo con la propia esencia. Y vivir volcado hacia fuera puede hacer que se pierda una parte importante de la experiencia que transcurre dentro.
Las emociones, las sensaciones, los mensajes del cuerpo, los pensamientos, la voz de la intuición aporta la información más constante y directa de que disponemos. Solo desde esta conexión interna podemos estar centrado, sabiendo quienes somos y hacia donde nos dirigimos.
La desconexión que se da en muchos casos influye, por una lado la primacía que se otorga a la razón por encima de otras funciones como percibir o sentir.
Hay que tener en cuenta que por otro lado, la capacidad de ser consciente supone un arma de doble filo. Conecta a la persona con su realidad interna, pero también bloquea lo que no se ajusta a lo establecido.
Como decía Albert Einstein: "Cada día sabemos más y entendemos menos".
Perder esta conexión conlleva consecuencias. Algunas personas, por ejemplo, descubren en algún momento que su vida no es lo que querían, pues quizás se han dejado llevar por las circunstancias sin preguntarse más allá. No resulta agradable sentirse un extraño con uno mismo. Sucede sobre todo cuando alguien busca adaptarse tanto a lo que se espera de él o mantener una buena imagen, que termina olvidado quien es realmente.

A veces, el sufrimiento o la enfermedad implican una entrada rápida a una mayor conciencia de uno mismo. Sin embargo, es preferible no esperar a encontrarse en una situación crítica; en cualquier instante una persona puede empezar a crear puentes que conecten con diferentes niveles de su experiencia interna.

Hay diferentes vías a tener en cuenta a diario para conectar con mi experiencia interna, entre ella tienes el lenguaje de nuestro cuerpo.

A veces vivimos escindidos del cuerpo. Al no entender sus cambios, su lenguaje, ni el sentido de los síntomas, se presta poca atención a sus mensajes. Más bien se intentan controlar o tapar esas señales cuando resultan molestas u obligan a modificar los planes. Sin embargo, el cuerpo es el canal de conexión entre el mundo exterior y el interior. A través de él experimentamos la realidad, y a la vez refleja nuestra historia.
Quizás no podamos comprender siempre sus razones, pero es preciso aprender a confiar más en la sabiduría del propio cuerpo. En lugar de bloquear sus señales, se puede optar por escucharlas.
No tenemos que olvidar nuestras emociones. Sabemos que dejarse llevar por las emociones puede ser un problema, pero ignorar o reprimir lo que se siente, también. Una buena medida es mantener una conexión continua con las propias emociones, lo cuál suele ser garantía de una mayor capacidad para encauzarla. La emoción es un indicio que informa de cómo estamos viviendo algo y, bien utilizada, puede ayudar a resolver situaciones.
Las intuiciones, los sueños, los momentos de inspiración tienden un puente entre el consciente y el inconsciente. Nuestra mente almacena muchos datos, impresiones y percepciones que no conocemos, pero que en un momento dado pueden aflorar a la superficie.
Conectar significa unir, establecer una comunicación. Cada persona puede buscar en su interior la sensación de estar conectada.

Estar en contacto con uno mismo es como mantener un ancla que permite mantener la calma y firmeza interior


miércoles, 9 de junio de 2010

martes, 23 de marzo de 2010

Con lengua

Quién sabe si hay algún lazo oculto, alguna materia escondida que une el desierto y los besos. Es evidente lo que une los besos y las lenguas, e incluso la que une las lenguas a los desiertos: la sed. Siempre la sed...


jueves, 18 de marzo de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

Me equivoqué otra vez.....

Algo que tenía que suceder no sucede, o lo que no tenía que suceder sucede acarreando un sentimiento de desaliento.

Por muy terrible que sea lo que nos ha sucedido no deja de ser un resultado. Algo que podemos aprender, mejorar, cambiar, corregir y evitar en el futuro. En lugar de entretenernos en culpabilidades, penas o flagelaciones, vale más que aprendamos de lo sucedido. El fracaso es un calificativo dirigido a la moral, a la ilusión, a la voluntad de aquello que ahora vive en la contrariedad. El fracaso visto así reside en interior de la persona y no en los hechos en sí.

Así como después de una perdida se produce un periodo de duelo, después de un sonoro fracaso se produce una situación de crisis. Hay que replantear de nuevo, pero sobre todo hay que cambiar. Si siempre se hace lo mismo, siempre se acaba obteniendo el mismo resultado.

Aunque pretendamos andar armonizados y evitar el sufrimiento, nuestro estado natural no es precisamente el de la perfección.

Nuestra cotidianidad es una lucha continua para evitar el mal mayor. Más que dirigir la acción hacia lo que queremos, la dirigimos a evitar lo que no queremos.
Todos son esfuerzos para no caer. Sin darnos cuenta, en lugar de ahuyentar el miedo, lo estimulamos. De tanto temerlo lo atraemos hacia nosotros.

Que tropecemos es algo inevitable. Pero lo que mide nuestra auténtica capacidad de respuesta es el tiempo que necesitamos para volvernos a levantar.

La fuente principal de los fracasos esta situada en un error en las expectativas. El problema es hacernos con nuestros deseos y nuestras ilusiones. El factor incertidumbre está siempre presente y hay que contar con él. Unos lo miden de forma optimista y otros pesimista. Unos ven el vaso medio lleno y otros medio vacío. Unos ponen mucha razón, y otros mucha emoción. Pero lo que unos y otros deben evitar es un exceso de expectativas. Cuanto más elevadas, más dura puede llegar a ser la caída. No hay que renunciar a las expectativas, sino saber ver en ellas la parte de fracaso que ocultan. Todo ocurre a la vez. No existe lo uno sin lo otro.

Cuando se anda metido en la incertidumbre, la mente se pone en marcha a velocidad de vértigo. El pensamiento se obsesiona por partida doble: busca justificaciones o porqués de lo sucedido y anticipa todo lo que pueda ocurrir en un futuro. Lo uno nos ancla en el pasado y lo otro nos proyecta hacia el futuro. No hay manera de centrarse en lo que más necesitamos que es estar presente y estar en el presente. No forzar nada. Es fácil caer en la trampa de considerar que si le das vuelta a las cosas se encontrará la solución más adecuada. Inútil. Va a ocurrir todo lo contrario. La solución se convertirá en el problema.

Dice Dalai Lama que la vida no es que sea una ilusión pero si es como una ilusión.
Aquello que aparenta se fuente de felicidad lo acaba siendo de infortunio y aquello que parece una maldición acaba siendo una bendición. La no permanencia de la vida nos permite entender que todo ocurre a la vez y que nada es para siempre.

lunes, 18 de enero de 2010

Nuestras elecciones...........




Uno no vive separado de la vida, por mucho que la analice o la observe a distancia. Formamos parte de un todo y estamos interrelacionados, incluso con aquellos que aparentan no tener nada que ver con nosotros. Por ello, a menudo llegan a nuestra vida situaciones o personas que nos plantean elecciones. Y con cada elección nos expresamos.

Ya no caben dudas de que en este mundo todo esta interconectado, todo esta en relación con todo.


Lo que hacemos y lo que pensamos esta influyendo y a la vez es influido por el conjunto de la existencia. El todo nos afecta y cada uno de nosotros afecta a ese todo, llámese universo, sociedad, país, barrio, familia, relaciones y uno mismo. Eso nos debe hacer pensar si, entre el Yo y la circunstancia, existe alguna separación.

Aunque formamos parte de un todo, cada día al levantamos, no nos encontramos con ese todo, sino con sus partes, con pequeñas proporciones de vida a las que decidimos prestar atención. Esto significa que nos convertimos en el observador que da sentido de realidad a nuestras experiencias. Esa es nuestra primera responsabilidad. Esa es la primera decisión: ¿con que actitud afrontamos la existencia? Ante ese maremagno caótico de azares, muchas personas escogen el papel de víctima. Ya que el mundo esta lleno de suertes e infortunios, pues ¡que le vamos a hacer! Entonces la vida se convierte en una barca que va según sopla el viento y en constante amenaza de deriva. Los victimistas creen que lo que hagan o dejen de hacer no va a cambiar las cosas y que, lo que tenga que suceder, sucederá, y por supuesto sucederá siempre lo peor. Ante esta evidencia inamovible, según su punto de vista, no cabe otro remedio que la queja o la resinación.

Otras personas, en cambio, deciden que la única manera de sobrellevar tanta incertidumbre existencial es controlándolo todo. No hay mejor manera de quitar incertidumbre que despejar incógnitas, planificar al detalle y anticipar los movimientos ajenos para evitar sorpresas emocionales. Con tal que todo ocurra según lo que tienen previsto, los controladores fuerzan las cosas, fuerzan al tiempo, se fuerzan a si mismas y fuerzan por desgracia a los demás.
Por suerte nos queda, al menos, una tercera vía: la de hacernos uno con el todo. Es decir, conjugar eso que llamamos circunstancias con nuestra capacidad creadora.

Es cierto que, lo observe o no, ahí fuera existe un mundo de leyes físicas y de fenómenos intangibles que capto a través de mis sentidos. Pero también es cierto que quien enseña a los sentidos es el observador, es ese Yo que decide y que piensa y siente sobre todo lo que le sucede. Por eso las cosas no son como son, sino como somos. Decía Séneca que la sabiduría radica en saber distinguir correctamente donde podemos modelar la realidad para ajustarla a nuestros deseos, de dónde debemos aceptar, con tranquilidad, lo inalterable, o sea, lo que es. Pero aceptar no debe confundirse con resignarse. Si algo nos hace creadores es la capacidad de transformar las cosas, no de soportarlas. Y no puede haber transformación sin aceptación previa. Quien más, quien menos ha intentado, sin éxito cambiar la naturaleza de las cosas y a los demás. Lo intentamos hasta que nos damos cuenta de que, para cocrear, partimos de lo que es y no de lo que debería ser.


Cuando Ortega y Gasset acuño su poderoso aforismo, añadió: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". Nuestro filosofo intuyo que las circunstancias no son algo que ocurre a pesar del individuo, sino una realidad relacional indivisible. No estamos en el mundo sino que el mundo esta en nosotros. Yo soy mis circunstancias porque, de la relación que establezco con ellas, nace una realidad. Y yo seré eso y no otra cosa. Lo bueno es que mañana puedo crearlo todo de otra manera.



jueves, 7 de enero de 2010

SOCIEDAD DE LA APARIENCIA



"Lo importante es parecer más que ser". Quizás esta frase -que se escucha con frecuencia- sintetiza bastante la filosofía que define el mundo actual, así como no pocas veces nuestras relaciones y formas de actuar y pensar en lo cotidiano. Y si bien la apariencia en sí, como característica general, no deja de ser importante, pues lo interno siempre -tarde o temprano- se refleja en lo externo, lo peligroso es que se está volviendo el eje de nuestro sistema de valoración.
Al convertirse en norma fundamental de la construcción de la sociedad, de nuestras relaciones y de nuestra misma persona, estas quedan sustentadas en cimientos superficiales y efímeros, con consecuencias imprevisibles. Sobre todo, si la imagen no corresponde con la realidad, sino que es algo creado (consciente o inconscientemente) para un fin.



La apariencia, la imagen, son factores relevantes en varios campos pero no se puede vivir de ellos, como tampoco se puede de recuerdos, glorias pasadas o "tiempos mejores" que dejaron de ser actuales. Tarde o temprano la máscara cae y los invitados de la fiesta -léase nuestro entorno- terminan por conocer el verdadero rostro, aquel oculto detrás de las imágenes.

Podemos terminar viviendo por las apariencias, pues hoy en día son muchos los que insinúan que lo importante más que ser es el "parecer" ante la sociedad y los diferentes ámbitos de la vida.

Es la forma que se viene propagando para ganar status y respeto; es decir, "parecer" honesto, "parecer" un profesional, "parecer" rico... etc., como si no existiera un "yo", un corazón (esencia de la persona) que exige y grita autenticidad, que desea "ser" para construir, que busca ser feliz y no solo parecerlo.


Vivimos en una sociedad en la que todo es ficticio: que si joyas, que si vestir bien, que si yo pago y dejo claro que soy un hombre o mujer afortunado por tener mucho dinero...que si yo voy a las fiestas más super chulas.... Y todo esto es una auténtica mierda, con perdón de la expresión. La gente no se para a indagar cuáles son sus necesidades fundamentales para vivir y se va corriendo detrás de una apariencia hasta que al final es víctima de su propio autoengaño.

La sociedad en la que vivimos se basa en cómo nos ven los demás, es muy importante la mirada de los otros y por ello desde que nacemos crecemos con la idea del aparentar.
La sociedad occidental consumista y tecnificada en la que vivimos tiene un sistema de valores nunca explicitado pero muy evidente. Entre esos valores está el "tanto tienes tanto vales", todos lo reconocemos aunque nadie se atreva a compartirlos.
No me sorprendió oír a Saramago en una entrevista que estábamos viviendo la época final de una civilización. Los valores predominantes actuales no sirven para alzar el vuelo, sino sólo para ir muy a ras del suelo.

Otra de las cosas que valoramos en nuestra sociedad son las emociones fuertes, con momentos llenos de vértigo e intensidad. Por su propia naturaleza esas vivencias no pueden ni durar ni perdurar, son como explosiones. Y mientras vamos a la búsqueda desesperada de lo intenso, andamos ciegos y nos pasa desapercibido lo sencillo, lo cotidiano, los detalles, las pequeñas cosas. Para muchos de nosotros, esos días cargados de pequeños momentos, de detalles cotidianos, pasan sin darnos cuenta. La rutina desdibujan nuestros días y tal como transcurren, desaparecen.

Me costaría no disfrutar de la naturaleza y del silencio compartido, de la búsqueda de la verdad y de la justicia, de la libertad y de la solidaridad, el sol, la lluvia, el sueño....el amor. Y la amistad que contienen todas las formas de amar verdadera. Y es de esos mimbres de lo que suele estar hecha la vida. ..