jueves, 30 de abril de 2009

El secreto del amor.......

El amor, el primer instinto para fusionarse con otro, porque solo no puede.

martes, 28 de abril de 2009

Un vuelco en el corazón.........

Este cortometraje es una excelente y muy bonita historia de como pueden ir las cosas...si las dejamos fluir....

lunes, 27 de abril de 2009

Los sotanos de nuestra mente

Desde Freud sabemos que lo que entendemos por nuestra realidad es sólo la punta de un iceberg en un mar desconocido. Nuestro inconsciente es como un álbum invisible donde se guardan nuestras memorias emocionales. No sólo las propias sino las que hemos heredado.

Carl Jung es uno de los personaje de la historia que más se adentro en los océanos del inconsciente:"en realidad dependemos, en proporciones angustiosas, de un funcionamiento preciso de nuestro psiquismo inconsciente, de sus sobresaltos y de sus fallos ocasionales". El inconsciente no deja de ser un mecanismo perfecto que nos devuelve a diario a la hoja de ruta que, sin darnos cuenta, hemos trazado a lo largo de nuestras experiencias vitales, sobre todo las que conllevan una intensa carga de miedo. Su especialidad es entonces mecanizar procesos. Repetir una y otra vez la misma estructura experiencial. Lo fastidioso del asunto es que no tenemos conciencia de cómo hace esa función el inconsciente. Por eso, a menudo se convierte en una especie de torturador sin rostro.

El inconsciente percibe , tiene intenciones y presentimientos, sentimientos y pensamientos, al igual que el consciente, añadía Jung. ¿Qué son, si no, los presentimientos?, ¿las corazonadas?. También Joseph Le Doux ofrece esta visión de la contemporaneidad: "Gran parte del procesamiento emocional ocurre o puede ocurrir inconscientemente, así como por el hecho de que las personas a menudo encuentran incomprensible sus emociones. "El inconsciente es ese desconocido que te conoce mejor que nadie".

Si es cierto que todos aspiramos a ser felices, lo que antecede a ese estado es la paz interior. Pero lo que antecede a esa paz es poderse hacer espacio interior; eso es, estar presente y conectado con uno mismo. Lo que antecede a ese espacio con uno mismo es la desidentificación con lo exterior, o sea, no estar pegado o atrapado. Pero si la creencia es de confianza, pero la experiencia de desconfianza, estamos atrapados por el miedo. Y el miedo se basa también en un conjunto de creencias que anidan allí donde la mente consciente no llega. Son como una especie de creencias transparentes; están, pero no lo sabemos que están. En cambio tienen un poder real y contundente en nuestra conducta. Y son precisamente tales creencias las que nos impiden acercarnos a la felicidad.

Somos experiencia, sin lugar a dudas. Y en ese bagaje experiencial se entremezclan nuestras ambivalencias emocionales.

Sabemos que nuestra amígdala, en el sistema límbico, archiva todo lo que ha supuesto una amenaza, un trauma, un malestar psicológico. Y eso ocurre cuando lo vivido no ha podido cerrarse bien, cuando ha dejado la herida abierta o cuando ha tenido que asumir lo inasumible. Suelo decir que cuando las puertas no han quedados bien cerradas es fácil que exista corrientes de aire. Por eso, en cualquier momento de la vida, sin que exista razón alguna, somos víctimas de una especie de vendaval que nos arrastra. Ahí es donde podemos apreciar que alguna puerta había quedado abierta o mal cerrada. El inconsciente nos sabotea.

Muchas de nuestras experiencias han acabado siendo desadaptadas, o sea, que siendo anormales, las vivimos como normales. O sea, hemos naturalizado el error.

Lo confundimos con nuestro carácter, y lo hacemos como una especie de mala suerte con la que nos ha tocado vivir. Pero en realidad es una conducta, y como tal, transformable. Por eso es importante acercarse a los mensajes que descubrimos detrás de lo que nos sucede. Allí donde existe resistencia, allí donde sentimos una herida abierta, allí donde hay un bloqueo, allí donde el inconsciente nos sabotea, justo allí, es donde cabe preguntarse por el miedo que nos atenaza. ¿Qué ha ocurrido en nuestra vida para que exista ese miedo? ¿Qué construcción mental, en forma de creencia, realizamos que nos asusta?. Y junto con las creencias, una conducta dirigida a cerrar con firmeza, y a la vez con elegancia, aquellas puertas, aquellas situaciones o aquellas relaciones que deben quedar a uno y otro lado de la puerta. Sólo así, la mayoría de las veces podemos descansar en paz.


El peor enemigo no es el inconsciente, sino justamente el uso que hagamos de nuestra mente consciente. Entre otra cosa porque somos especialistas en maquillar, en ocultarnos incluso de nosotros mismos. Jung llamó a esa parte de nosotros que nos parte "la sombra", aludiendo al hecho de que convive con nosotros pero de forma oculta. La sombra no es total de la personalidad inconsciente. Representa cualidades y atributos desconocidos o pocos conocidos del ego, así como de los aspectos de los que nos avergozamos, aunque quedan opacos a nosotros mismos, pero que, en cambio, condenamos claramente en los demás.


Suele ocurrir que al cabo de los años de autoengaño, esa sombra maquillada clama por aparecer en escena. Muchas crisis existenciales aluden a la lucha interior de lo que somos y lo que no nos hemos permitido ser. Por ahí también nos sabotea también el inconsciente. Sabe que necesitamos ordenar e integrar todo lo que somos, sombra incluida. El encuentro con nosotros mismo es una tarea ineludible que, de negarse sistemáticamente, acaba por encontrar mecanismos más duros de realización, como, por ejemplo una mala enfermedad.


Aún vivimos en la cultura médica que inspiro Descarte al dividir la mente y el cuerpo. Así pues la enfermedad es producto de procesos orgánicos y punto. Ahora se empieza a admitir que las vivencias personales sobre todo el sufrimiento no ayudan a la enfermedad, pero en todo caso hay que descartar que sea la causa.

En un mundo que cada vez se sabe más interrelacionado y en el que la energía es el modus operandis de todo lo que tiene vida, es una tontería insistir en que el cuerpo tiene razones que la mente ignora. Puede que sea inconscientes; pero que interviene es una realidad cada vez más visible y, por suerte aceptada. No vale la pena entretenerse en la eterna discusión sobre la visión lineal de causa y efecto. No se trata de si esto causa aquello, sino que existe un todo relacionado del que la parte somática acaba siendo una expresión. No existe lo uno sin lo otro. A menudo no entendemos por qué enfermamos. Sin causa aparente no estamos físicamente bien. Entonces cabe también preguntarse por el mensaje que se esconde detrás de nuestro sufrimiento físico. Probablemente exista alguna parte de nuestra existencia que no estamos atendiendo lo suficiente, que hemos descuidado o que nos da miedo afrontar.
Aunque no tengamos la conciencia suficiente para entender lo que nos ocurre, sí la poseemos al menos para decidir pensar y actuar de otra manera diferente. Porque el inconsciente es una maquina casi perfecta, se encargará, como en una cadena de producción, de repetir siempre la misma secuencia. La labor que nos toca significará ofrecerle nuevas opciones, crear nuevas posibilidades, lograr que la maquina funcione siempre a nuevo favor.













domingo, 26 de abril de 2009

En la tarde del Domingo acompañada de la música de Snow Patrol

miércoles, 22 de abril de 2009

Nuevos desafios



En una de sus frases más citadas Julio Cortáza dice que "nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido". La psicología ha vertido miles de páginas para hablar de las bondades del cambio, pero ¿Qué sucede cuando este es tan drástico que amenaza con derrumbar la identidad de quien lo sufre?.


El principal reto de alguien que empieza de cero es que debe acostumbrarse a estar sin el mundo conocido: el conjunto de hábitos y certezas que hasta entonces le otorgaban seguridad.


"Nunca es demasiado tarde para ser lo que deberías haber sido" (George Elliot).

En ocasiones la persona que ha padecido una crisis acaba agradeciendo la oportunidad que se le ha brindado.

En cualquier caso los milagros de la resiliencia (capacidad de sobreponerse a un dolor emocional) no son exclusivo solamente de personajes importantes como fue Viktor Frankl, que después de vivir un infierno en Auschwitz fundo una nueva escuela psicólogica.

Muchas personas que se han sobrepuesto a una crisis destacan la energía que embarga a aquel que lo ha perdido todo pero que no se resigna a su destino.

Toda crisis lleva aparejada una travesía del desierto más o menos larga hasta que encontramos nuestros objetivos vitales a los que aferrarnos. Esta transición puede ser dolorosa, pero nos brinda la oportunidad de elevarnos más allá de nuestros límites.

No todas las crisis son iguales pero todas tienen algo en común, la resistencia y el cambio. A la vez nos sitúa en una situación ambivalente: oportunidad o amenaza. También sus consecuencias se parten en dos: te hundes o te fortaleces. Pero nunca vuelves a ser el mismo. Éste es el problema de las crisis; son radicales. No admiten ni puntos medios ni medias tintas. Una crisis es un proceso de cambio, una transformación entre algo que fue y algo que lucha por ser. Una crisis es un proceso de muerte simbólica para renacer de nuevo. Es la forma radical que tiene la vida de transmutar. De evolucionar. De aprender. De crecer.

El corazón de una crisis es eso, una lucha interna en la que no hay ruidos de sables, sino un vaivén emocional que desgasta toda la energía disponible ya de buena mañana. La resistencia al cambio suele ser intensamente dolorosa porque significa soltar esas amarras que han permanecido ancladas en burbujas de comodidad, protección y control. Sabes que no puedes ir hacia atrás, porque la crisis ha llegado justamente por permanecer demasiado tiempo aguantando algo insostenible. Pero tampoco puedes ir hacia delante porque no sabes qué es lo te vas a encontrar, no se dispone aun de la confianza necesaria para entregarse plenamente. Eso es, ni para delante ni para atrás.

Las crisis son paralizadoras. Están atenazadas por el miedo.

A lo largo de la vida vamos a sufrir diversos avatares que afectarán a diferentes áreas de nuestra existencia. Aunque pretendamos andar y evitar el sufrimiento, nuestro estado natural no es precisamente el de la perfección. Martin Seligman suele definir la felicidad como la liberación de nuestras peores pesadillas. Eduardo Punset lo resumen aún más: la felicidad es la ausencia del miedo. Nuestra cotidianidad es una lucha continua por evitar el mal mayor. Más que dirigir la acción hacia lo que queremos, la dirigimos a evitar lo que no queremos. Todos son esfuerzos para no caer. Sin darnos cuenta en lugar de ahuyentar el miedo, lo estimulamos. De tanto temerlo, lo atraemos hacia nosotros.


Dice Dalai Lama que la vida no es que sea una ilusión, pero sí es como una ilusión. Aquello que aparenta ser fuente de felicidad termina siendo de infortunio, y aquello que parece una maldición acaba siendo una bendición. La no permanencia de la vida nos permite entender que todo ocurre a la vez y que nada es para siempre.

martes, 21 de abril de 2009

Música para soñar



Descubierto por el público a raíz de su célebre banda sonora de la película Amélie, Yann Tiersen no ha dejado de recrear su propio universo artístico. Su música atemporal fascina a cualquiera que la escuche. Cuando escuchas a Yann Tiersen te quedas maravillado. Este hombre de genio renacentista, espléndido multi-instrumentalista y compositor, fraguó una pieza magistral digna de todo elogio, clásica y minimalista en su estructura, frenéticamente loca, dulce y de bohemia floritura. Usando el acordeón como nexo, consigue elaborar una lírica maraña que se entreteje sobre si misma una y otra vez, absorbiendo más y más instrumentos, ya sea el violín o la harmónica, la guitarra o el mandolín, en una orgía musical que me deja extasiada.


lunes, 20 de abril de 2009

HAZLO HOY......



La agenda del ordenador o el móvil se ha convertido en el gran hermano que gobierna nuestro tiempo. Las citas y tareas programadas han desbordado los límites de la jornada laboral para marcar también las horas de ocio. Vamos a toque de silbato. Cuando se pierde una de estas agendas electrónicas, el ciudadano del siglo XXI se siente huérfano de orientación e incluso de ideas. Como un robot al que le hubieran quitado el Software, de repente nos invade la ansiedad y nos preguntamos: ¿Ahora que hago?.


También cargamos la agenda con tanto optimismo que necesitaríamos horas de 120 minutos para cumplir con todo lo programado. Citas de toda índole salen volando de su casilla y aterrizan en jornadas futuras, de donde, llegado el momento, salen nuevamente catapultada hacia territorios vírgenes bajo el sol de la esperanza.


Este curioso ejercicio de salto de obligaciones de fuera o autoimpuestas se llama técnicamente procastinar, un verbo que pocos conocen pero que muchos practican. Significa diferir o aplazar. Procastinamos cuando posponemos el inicio de una dieta, el acudir al gimnasio que pagamos hace meses o la lectura del libro que cría malvas en la mesita.

El procastinador está convencido de que realizará más adelante aquello que debería hacer hoy. Fija una nueva fecha con solemnidad, sin imaginar que cuando ésta llegue le asaltará la misma pereza.

Acostumbrados a la demora continua, se avergüenza cuando alguien le pregunta cómo le va en el gimnasio o qué le pareció la novela regalada un año antes. Su reacción es procastinar enérgeticamente con muletillas del tipo: "La semana que viene, sin falta". Con eso aplaca su mala conciencia, pero la rueda de la procastinación vuelve a girar, y lo seguirá haciendo a menos que apliquemos una terapia de choque.

Una máxima no escrita sobre el arte de delegar en la empresa dice algo que de entrada parece contradictorio: "Si necesitas que alguien realice una tarea urgentemente, dásela a quién esté más ocupado". ¿Cómo es posible? La respuesta es sencilla: el más ocupado resolverá la tarea cuanto antes, porque debe atender muchos otros asuntos que no admiten espera. En cambio, el empleado ocioso dejará reposar la tarea sobre la mesa, o incluso la hará dormir hasta que quien se la encargó vuelva a recordársela.

El problema de la abulia, sin embargo, trasciende el ámbito del trabajo y de la logística cotidiana. Posponer tareas prácticas lastra el día a día de la persona y la confianza en ella misma. Pero ¿qué sucede cuando lo que postergamos son nuestros anhelos más profundos?.

En su iluminada novela "El desierto de los tártaros", Dino Buzzati cuenta la historia del oficial Drogo, un militar destinado en una lejana fortaleza de la frontera donde espera darse a conocer como héroe. Desde su puesto de vigilancia sólo se ve una llanura inmensa, de donde los acuartelados aguardan a que surja el enemigo. Nadie les obliga a estar allí, porque su instancia en el bastión se va renovando voluntariamente un año tras otro, pero los oficiales se niegan a abandonar el lugar porque sueñan con glorias militares y defensas heroicas que nunca sucederán. Mientras que espera en vano que llegue el gran momento, Drogo va consumiendo su vida y pierde el contacto con su familia y amigos, con el mundo que le vio crecer. Se convierte en un fantasma del fortín, cada vez más deshabitado, que envejece con él hasta enterrar todos sus sueños y esperanzas.

Esta novela existencial transmite un mensaje sobrecogedor: los que se limitan a esperar a que sucedan cosas en su vida acaban quedándose sin vida y sin sucesos dignos de mención. El desierto es una alegoría de la postergación infinita que acaba vaciando de sentido la existencia. Porque si esperamos que los cambios vengan de fuera, estaremos procastinado nuestras ilusiones y dilapídaremos los mejores años de nuestra vida. Para que eso no ocurra, conviene que de vez en cuando nos preguntemos: ¿"Cuál es mi sueño"?, ¿"Qué espero que suceda"?. La tercera pregunta de quien no se resigna a la abulia sería: ¿"Qué puedo hacer ahora mismo para ayudar a que eso suceda"?.

Muchas personas, sin estar de brazos cruzados, nunca logran alcanzar sus objetivos vitales. Su problema es que consumen el tiempo haciendo en primer lugar cosas que en realidad son secundarias. Buda ya nos advertía de este peligro hace tres milenios: "El que no sabe a qué cosas atender y de cuáles hacer caso omiso, atiende a lo que no tiene importancia.

Por consiguiente, antes de lanzar al futuro incierto lo más importante de nuestra vida, debemos establecer cuáles son nuestras prioridades.



jueves, 16 de abril de 2009

Cine para el recuerdo


Dejo hoy algunas de las películas que han marcado otra etapa importante del cine.

Si un día se apaga todas las cámaras o de ella no sale nada interesante, si las películas se convierten en tediosas y se olvidan del hombre, si los actores son modelos y maniquies las actrices, no temeré nada porque tendré un cielo de clásico que me alumbrarán cuando ese día se haga de noche. ZORBA EL GRIEGO es uno de ellos.

Y aparentemente esta película no es nada, pero es mucho. Porque habla de lo peor: los celos, la envidia, la venganza. Porque habla de lo mejor la amistad, la libertad, el amor.

Quizás el primer acierto sea basarse en la novela de Nikos Kazantzakis, requiteantes sus letras y tras esta película no pararán de sonar hasta que lo lea. Y el segundo acierto Anthony Quinn por encima de todo, lo más maravilloso de la película.

Una película que habla de la transformación de un timorato escritor interpretado por Alan Bastes, que parte hacia Creta en busca de fortuna y que volverá transformado en un ser más pobre, porque de la mano de zorba descubrirá el pequeño punto de locura que hace falta para romper las cadenas para volar y alcanzar la libertad. Dos amigos, el cielo, el mar de Greta, un sirtakis ¡Qué maravillosa película! ¡Qué absoluta sensación de libertad!.


Bienvenidos al espectáculo y a la increíble y triste historia de aquellas personas que tuvieron que vivir en sus carnes el ascenso y dominio del partido nazi en la alemania de los años 30.

La película narra esa lucha de la gente por seguir con sus vidas y diversión en el interior de un local brillante, cómico y grotesco, el Kit Kat Club, representando el cabaret y funciones musicales.

Allí se dan historias imposibles de realizar en las calles de aquel Berlín. Eran los comienzos de uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad. Pero el espectáculo tenia que continuar y así lo hicieron aquellos artistas a los que profeso una doble admiración.

Por una lado, el hecho de ser artista en sí, por otro, el serlo en situaciones tan complicadas y poco favorables como aquellas y tener tanto valor. ¿Qué sería de nosotros sin éstos personajes que creen en la vida frente a la amenaza de la muerte?.

Liza Minnelli interpreta a una pícara, y a la vez cándida cantante de cabaret. En esta película que le dio la fama (USA 1.972). Los números musicales son de antología, y las interpretaciones de Minelli, York y especialmente Joe grey, como el carismático maestro de ceremonias, son para quitarse el sombreo....Palmas para el realizador Bob Fosse, que no sólo dirigió una cinta del género en el que fue un reconocido maestro, sino que narró una historia enmarcada en hechos realmente sucedidos, ubicando la acción como hemos visto en un tiempo dramático.


"Bande a part" del realizador Jean-luc Godard. Se basa en la novela negra "Fool¨s Gold" (1958), de Dolores Hitchens.

La acción tiene lugar en Joinville-le-pont en 1964. La película, de la etapa de juventud de Godard (33 años), esta concebida como un homenaje al cine negro americano de serie B. Es un tributo de admiración de un cineasta cinéfilo hasta la médula que se expresa con sinceridad, a impulsos de su pasión.

Lo interesante de la filmografía de Godard, es que puede despertar tus más escondidas y recónditas zonas de empedernido cinéfilo.

Por lo mismo se adentra en tus emociones, las despierta y las pone a funcionar en su máximo esplendor.

martes, 14 de abril de 2009

Nuestro paso por la vida

"La vida no vivida es una enfermedad de la que se pueda morir", decía el psicólogo Carl Gustav Jung. El tiempo fluye, los días pasan, y cada segundo que vivimos es un momento que ya no volverá. La vida, nuestra vida, avanza implacable. Porque una cosa es estar vivos, y otra bien distinta es vivir la vida. Una cosa es ser simples espectadores del tiempo y el espacio que nos acompaña y define el escenario en el que nos movemos, y otra muy diferente es intervenir en el guión para modificar en la medida de nuestras capacidades y responsabilidades dicho escenario.

Robin Willian susurraba como una letanía (vive el momento) a sus alumnos en la película "el club de los poetas muertos", mientras éstos contemplaban en las vitrinas de su escuela viejas fotografías en color sepia de muchachos de su misma edad que pasaron por allí hacia largo tiempo y habían muerto.

La juventud del presente contemplando la que había sido y ya no era servía como provocación al apasionado maestro para despertar a sus alumnos la conciencia de que el tiempo es breve, y de que merece la pena beber cada instante de la vida y crear un proyecto vital acorde con los anhelos de cada uno. A diferencia de lo que proponía el protagonista de la película a sus alumnos, a medida que pasa el tiempo y observo alrededor mio, crece en mí la viva sensación de que dejamos lo esencial para después del funeral. Me refiero a la reflexión sobre cuestiones importantes de aquello que da sentido a la vida, lo que nutre, lo que aporta profundidad a nuestras experiencias, gratificación emocional e intelectual, vínculos afectivos potentes, sensación de cumplimiento y de plenitud.

En algún momento cualquiera de nosotros tiene la ocasión de constatar tal fenómeno en los desgraciados momentos que a todos nos toca vivir cuando se trata de despedir a alguien cuya muerte no estaba prevista en el guión.

La muerte de un ser querido que llega inesperadamente nos suele llevar no sólo al inevitable duelo, sino también a cuestionarnos los para qué de nuestra propia existencia, y, eventualmente a apretar el acelerador del CORAJE y atrevernos a crear nuestros escenarios existenciales.

Como en mi vida sin mi, de Isabel Coixet, la lucidez aparece por lo que podríamos llamar el efecto bofetada. Lo que no nos planteamos por convicción nos estalla en las narices por compulsión y reclama una respuesta. Entonces, la reflexión sentida y el sentimiento pensado se imponen. Ambos se necesitan para construir una hoja de ruta personal con un mínimo de sentido que alivien los efectos de la crisis y permita seguir andando con esperanza y con un propósito existencial.

Frente a la opción de construir y llevar a cabo nuestros proyectos personales existe la alternativa del abandono, de la resignación.

Como dijo el escritor Honoré de Balzac "la resignación es un suicidio cotidiano".

La elección de la resignación , el abandono o a la inercia no resuelve la inquietud, ni la angustia, ni el malestar. Más bien lo acrecienta. Porque resignarse, como ser cínico es fácil. Argumentos para la resignación y el cinismo jamás han escaseado en la historia, y tampoco lo harán en el futuro.

La inercia va a su bola, no mira ni a los lados ni por el retrovisor, arrasa con todo, no se cuestiona. Sólo avanza, a saco, a cualquier precio. La peligrosa inercia no conoce el acto de la rectificación, ni tan sólo del matiz. Es simplista. Los desatres no previstos por la peligrosa inercia se convierte en "efectos colaterales". La peligrosa inercia no tiene visión sistématica, es más bien lineal, muy cortita de vista. Gracias a ello llega al lugar al que se dirige de cabeza, estampádose, cargandose lo que hay por delante como aquellas primeras sondas lunares que para fotografiar nuestro satélite se estrellaban como kamikazes sobre su superficie dejando una cicatriz imborrable para siempre en la piel de la luna. Porque la peligrosa inercia no conoce la duda: desde su ignorancia lo tiene todo claro, y si algo se carga la culpa siempre es del otro o de una compleja y aberrante conspiración. ¡Es tan dificil mirarse hacia si y cuestionarse...! Además, la peligrosa inercia no ve, la tenue pero firme unidad de las cosas: fragmenta la realidad y se queda con lo que le interesa.

Frente a ello, lo difícil, lo complejo, porque implica un compromiso y una acción coherente, es arremangarse y trabajar para cambiar y crear las circunstancias que dan sentido a la vida y hacen de este mundo un lugar más habitables para todos. Diseñar nuestros proyectos, pero sobre todo andar por la vida con intención de llevarlo a la acción, ése es el reto. Un reto que, como tal, es un ejercicio de consciencia, coraje, responsabilidad y perseverancia.

Para dar un primer paso, existe un ejercicio sumamente útil. Se trata de responder a aquella pregunta que el doctor Viktor Frankl hacía a algunos de sus pacientes tras su experiencia como supervivientes en los campos de exterminio nazis. Él, que sobrevivió a aquellas terribles experiencias en cuatro campos de exterminio, entre ellos el de Auschwitz, donde murió asesinada toda su familia, constato en su propia piel y en la de otros supervivientes que "quien tiene un por qué vivir, encontrará siempre un cómo", y observo que esa regla también era útil y aplicable a situaciones cotidianas. Por ese motivo, y una vez finalizada la guerra y liberado del terror, cuando retomó su consulta psicológica y algunos pacientes le decía que se encontraba deprimido, él le preguntaba, ajeno a toda ironía y sarcasmo:"Y usted, ¿por qué no se suicida?". Ante una preguntaba de tal calibre, el paciente normalmente respondía que no lo hacía porque había alguien a quien amaba y con quien deseaba permanecer, o porque quería llevar a cabo algún proyecto. "Bien, entonces ponga su energía en cultivar la relación con esa persona o en crear las circunstancias para que el proyecto que tanto desea se lleve a cabo", era el estilo de respuesta.

"Los que dicen que es imposible no deberían molestar ni interrumpir a los que lo están haciendo" (Thomas Edison).

Si sigue usted haciendo lo mismo de siempre, seguira obteniendo lo mismo de siempre. Para conseguir algo nuevo o diferente, usted debe hacer algo nuevo o diferente. Esta hermosa obviedad era enunciada a menudo por el psicoterapeuta Milton Ericson. Una invitación que es especialmente útil cuando lo esencial está en riesgo. Y lo esencial son las actitudes, los valores y, en definitiva las posturas que adoptemos resultado de la conciencia y de la responsabilidad en nuestro paso por la vida.

lunes, 13 de abril de 2009

PLAYING FOR CHANGE

Playing for change es un documental creado por Mark Johnson y Jonathan Wall sobre los músicos callejeros en EE.UU. Reune unos 35 músicos de todas las religiones / etnias/ razas conocidas tocan por un mundo en paz. Esta canción es "Stand by me" de Ben Eking. Buen comienzo de semana.


sábado, 11 de abril de 2009

Cuando somos asaltados por la ira


La ira tiene prestigio, audiencia, y vende. La ira es una emoción destructiva, si nos damos cuenta se ha convertido en el ingrediente principal de las series de televisión. Los informativos y las declaraciones políticas: cualquier situación parece contener ira, y por consiguiente, violencia. La violencia verbal y no verbal como anzuelo y a la vez como un recurso para solucionar los problemas es usado en ciertos contextos. No obstante, la ira es una emoción destructiva siempre y cuando no la sepamos canalizar. Se puede aprender a expresar la ira o el enfado de forma constructiva, y evitar así las repercusiones nefastas que tienen en nueva vida diaria. O bien reprimimos la ira, o bien pasamos al otro extremo y estallamos, porque nos aguantamos más, y la vida es injusta, y nadie quiere a nadie.

Yo imagino la ira como un cubo lleno de excrementos. Cuando nos enfadamos, acostumbramos a lanzar el oscuro contenido de ese cubo a la cara de quien nos ha provocado la ira. El otro se queda peor de lo que estaba, hecho un asco, y así no sólo es imposible resolver ninguna discusión, sino que la agresividad mutua va más allá.

En nuestra sociedad, el macho cabreado siempre ha tenido buena fama. Afortunadamente las cosas están cambiando y la especie humana mejora; no obstante, la ira sigue circulando alegremente.

Lo ideal seria lanzar los excrementos al jardín de al lado, siempre y cuando no dañemos ninguna flor. Esa, llamémosle, técnica se puede aprender. E incluso puede llegar a ser constructiva, porque no debemos olvidar que la ira lleva en sí misma una gran carga de energía: es cierto que la ira es la emoción que está detrás del maltrato, la violencia y de todas las guerras; pero también es cierto que, gracias a la ira, la humanidad se ha enfrentado a situaciones injustas o peligrosas, ante las cuales se hubiese inhibido. Muchos cambios sociales y revolucionarios vienen precedidos por la ira.

La ira constructiva, como dice la filósofa Elsa Punset, es el germen de la justicia social.

Añadiría que somos en la vida responsables de nuestra ira. Siempre culpamos a los demás, pero cada uno de nosotros es responsable de la ira que siente. Es una cuestión de elección: el otro nos lanza una pelota, y nosotros decidimos si cogemos la pelota o no. Y sin embargo nos dejamos controlar por la ira. Dejamos que nos domine esa emoción y pasamos a ser sus esclavos, quizás porque es una de las emociones más difíciles de manejar.

Nos enojamos porque podemos tener muchas expectativas: porque la idea que nos habíamos hecho de cómo había de ser las cosas, de cómo debía comportarse la gente y de cómo las situaciones iban a desarrollarse no cuadran con la realidad. La ira surge cuando interiormente no eres bastante flexible como para aceptar que la realidad exterior va a ser siempre distinta de lo que tú creías, esperabas y deseabas. De hecho, tu ira es signo de que aunque estés intentando controlar a los demás y las situaciones de la vida, no lo estas consiguiendo. Este enfado disminuirá cuando comprendemos que no podemos controlar a las personas ni a los acontecimientos.

En el fondo de la ira hay frustración. Si se admite, si se reconoce, ya se habrá dado el primer paso para desactivarla. Se trata de reconocer que estamos airados, o que algo nos ha molestado.
Lo ideal sería expresar cómo nos sentimos, qué nos ha herido. Esto resultara más fácil cuando hablamos de nosotros mismos, de los propios sentimientos, y de la necesidad o expectativa que no se ha visto cumplida.
Aunque a veces parezca legitimo sentirse airado, no lo es ofender o agredir a los demás: "A veces las personas se sienten con derecho a herir porque otra persona les ha herido".

jueves, 9 de abril de 2009

Ir con la verdad por delante: la sinceridad




Hace un tiempo viví una situación que me llamo poderosamente la atención. Había quedado para cenar con un amigo. Nos acomodamos en una pequeña mesa para dos. En la mesa de al lado, a unos escasos 40 centímetros, tenia a una pareja a los que les acababan de servir el postre. No pude evitar prestar cierta atención a la conversación que mantenían. La mujer en un tono recriminatorio, le estaba echando en cara al hombre algo que había sucedido la semana anterior, mientras él, con la mirada baja y retorciendo la servilleta en sus manos, aguantaba el chaparrón. Al acabar le dijo: "Lo siento, pero te lo tenía que decir. Ya sabes que soy muy sincera...". Tras una pausa que a mí se me hizo eterna, él le contestó algo así como: "No sé si me lo tenias que decir, lo que si sé es que ha sido mucho más de lo lo que yo estaba preparado para escuchar", tras lo cual se levantó, y sin más explicaciones abandonó el local. El camarero llegó con dos cafés, que dejo discretamente en la mesa. Me sentí terriblemente incómoda.


Aquella noche me vino de nuevo aquella escena a la memoria. Me sentí reflejada en ella. Cuántas veces había oído aquellas malditas palabras: te lo TENGO que decir......

"Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa". Cuando pensamos en la sinceridad, pensamos invariablemente en términos de virtud. Pero lo cierto es que no siempre lo es. Sólo puede ser virtud entendida y ejercida como valor interpersonal, es decir, teniendo en cuenta lo que la otra persona puede asimilar. Si no reparamos en el efecto de nuestras palabras, nuestra sinceridad no sólo deja de ser virtud, sino que puede poner en peligro nuestra relación con los demás.


Decirlo todo, sin más y tener en cuenta las consecuencias de lo que decimos, es una sinceridad malentendida. Para ser genuinamente sinceros, el valor de decir lo que pensamos hemos de añadir la percepción de hasta dónde podemos llegar con nuestras palabras para no herir al otro. Siendo despiadadamente sincero con alguien que no está preparado, no sólo corremos el riesgo de que nuestras palabras caigan en saco roto, sino que podemos abrir una gran brecha entre los dos. Y por descontado, por más loables que sean nuestras intenciones, no estaremos ayudando al otro en absoluto.

Ser sincero significa estar dispuesto a decir lo que pensamos y preguntarnos en cada momento qué efecto producirá en el otro lo que vayamos a decir. Significa estar razonablemente seguro de que puede recibir nuestras palabras como una ayuda para entenderse mejor y una oportunidad para crecer. Sólo así nuestra sinceridad será una virtud y contribuirá positivamente a la relación.

"La sinceridad no debe jamás implicar un juicio sobre la persona" John Powell, sociólogo y escritor.


Solemos utilizar la crítica-crítica constructiva, como nos gusta llamarla-para expresar lo que pensamos de los demás. Sin embargo, si queremos que nuestra sinceridad ayude de verdad al otro, debemos evitarla a toda costa y sustituirla por una observación.

Hay una diferencia sustancial entre hacer una observación y hacer una crítica. Mientras que la observación es una descripción en primera persona de algo que percibo o siento, la crítica implica un juicio al otro. Si, por ejemplo, alguien me levanta la voz, tengo dos opciones: puedo manifestarle que su tono de voz me resulta agresivo, o puedo decirle que es un histérico. En el primer caso se trata de una observación sobre su comportamiento. En el segundo se trata de juicio puro y duro a la persona que tengo delante. Con la primera opción, mi sinceridad expresada en forma de observación puede ayudar a que el otro cambie su comportamiento y baje el tono. Con la segunda, mi sinceridad en forma de crítica es difícil que sea aceptada por el otro, y provocará un alejamiento.

Las expresiones naturales de la sinceridad deberían ser las observaciones. Sería bueno que sustituyéramos la crítica a los demás por observaciones expresadas en primera persona. Con la crítica y en nombre de la sinceridad podemos muchas veces herir a los demás, y como nos recuerda John Powell, "herir es el camino más eficaz para mantener la distancia con la gente"

¿SE LO DIGO O NO SE LO DIGO? Hay gente que siente la necesidad de decir todo lo que piensa a los demás. Amparados en la sinceridad, nos corrigen y juzgan constantemente. "Te lo digo para ayudarte", nos advierten. Pero lo cierto es que los tenemos todo el día pendientes de nosotros, a la espera de poder echar en cara cualquier error.


A esta tarea constante de hacernos notar nuestros errores se suma generalmente una percepción estática y limitada sobre nosotros, fruto de las "etiquetas" que nos hayan puesto en el pasado. Y todo ello disfrazada de virtuosa sinceridad...Asumir la vocación de hacer ver a los demás sistemáticamente sus errores nos hace unos pésimos compañeros, una compañía incomoda, y es muy probable que no nos aguanten mucho tiempo.


Además de hacer ver a los demás sus errores es una actitud cuando menos arrogante: ¿qué sabemos nosotros de los demás?, ¿cómo podemos juzgar sus motivos o sus comportamientos? como seres humanos únicos e irrepetibles, cada uno de nosotros somos expertos sólo en nosotros mismos, y deberíamos actuar en consecuencia, no pretendiéndolo saberlo todo de los demás.

Nuestra única motivación para decir a los demás lo que pensamos debería ser ayudarle en su crecimiento personal. Y echarles en cara constantemente sus errores dificilmente ayuda.

Entender la sinceridad como una virtud interpersonal, pensando en el otro y en las consecuencias de nuestras palabras, significa no tener prisa por decir las cosas, saber escoger el momento y el entorno oportuno y sobre todo saber parar a tiempo.

Tenemos muchas veces la urgencia de "decirles todo lo que pensamos" al otro , porque nos parece que "no se da cuenta" o que "le abriremos los ojos". Todas estás son expresiones comunes a la hora de aplicar nuestra muchas veces mal entendida sinceridad. Lo cierto es que nuestra urgencia es irrelevante frente a la correcta percepción que necesariamente hemos de tener si el otro puede o no recibir nuestra sinceridad.

Hablamos mucho de la sinceridad de los otros o de nuestra sinceridad con los demás, pero si queremos practicarla de verdad deberíamos empezar por preguntarnos si somos sinceros con nosotros mismos. Eso significa, en primer lugar, dejar de encontrar siempre excusas a nuestro comportamiento y dejar de pasar la responsabilidad de lo que nos sucede a los de afuera o a las circunstancias. Somos capaces de elaborar en nuestra mente las más fantásticas explicaciones para justificar nuestros actos, pero John Power nos previene de forma clara: "El uso de la inteligencia para negar la verdad nos hace insinceros con nosotros mismos".

Una vez hayamos probado la sinceridad con nosotros mismos, conozcamos su poder terapéutico y también su amargo sabor, si nos pasamos, podemos empezar a administrarla sabiamente a los demás.

Todos tenemos a nuestro alrededor gente insincera. Con ellos mismos y con los demás. Gente a la que nos gustaría "cambiar". Sin embargo, es muy difícil poder hacerlo.

La sinceridad es una actitud, y como tal no es fácil de explicar o convencer de ella a los demás. Lo que si podemos hacer-como con todas las actitudes- es contagiarla. Puedo esperar que mi sinceridad para conmigo ayude a los de mi alrededor a ser sinceros con ellos mismos, y consecuentemente con los demás.

Una de las peliculas donde queda expresada la dimensión interpesonal de la sinceridad es "la vida es bella", dirigida e interpretada por Roberto Benigni.



martes, 7 de abril de 2009

¿Qué hacemos con nuestros miedos?



Tendemos a considerar el miedo como un enemigo contra el que hay que luchar. Al hablar de esta emoción, a menudo se utilizan expresiones bélicas: se dice que es preciso desafiar, combatir o vencer al miedo como si se tratara de un invasor que puede conquistar en cualquier momento nuestro territorio. El objetivo, por tanto, se centra más bien en suprimirlo.

Sentir temor se vive como un signo de cobardía o debilidad, se despierta vergüenza y es algo que se prefiere mantener escondido. Como todas las emociones cumple una función importante. Es una señal de que algo se está viviendo como una amenaza. Se trata, por tanto, de un componente esencial del sistema de defensa de gran parte de los seres vivos.

Los animales frente a esta emoción tienen cuatro tipos de reacciones: el ataque, la inmovilidad (lo que comúnmente se conoce como hacerse el muerto) y el sometimiento. La especie humana, añade, además de estas respuestas la incorporación de una nueva: actuar como si no tuviera miedo, es decir negarlo.

Intentar suprimir el miedo equivale a ignorar una señal de alarma que avisa de la existencia de un fuego. Silenciar la señal no significa que el fuego deje de existir, sino que incrementas las posibilidades de que se extienda. De igual modo, sentir temor no supone un problema, sino que más bien apunta a una dificultad que conviene abordar.

Esta emoción natural y útil a veces genera una reacción de bloqueo. Sucede cuando esta señal no esta bien regulada, ya sea porque se activa con demasiada frecuencia o porque despierta con suma rapidez un pánico incontrolable.

Se sabe, por ejemplo que cierta dosis de ansiedad ayuda en un examen o para salir a un escenario, pues incrementa la capacidad de concentración, la fuerza y la habilidad. Pero si esa misma ansiedad sobrepasa cierto umbral, diferente para cada persona, puede generar incapacidad para hacer frente a los acontecimientos.
¿Cómo puede el miedo crecer hasta limitar nuestra capacidad de acción?.

Sogyal Rimpoché, autor de El libro tibetano de la vida y la muerte, recalca que "la mente puede ser el mejor amigo o el peor enemigo". Y es precisamente la capacidad humana de anticipar, de pensar en lo que puede suceder, la que a menudo nos atrapa en la trampa del miedo.

La enfermedad del hipocondriaco sólo existe en su imaginación, pero el sufrimiento es autentico. El fóbico reacciona ante un estímulo inofensivo para la mayoría. Y cualquiera ha podido experimentar en alguna ocasión cómo el miedo crecía repentinamente con sólo imaginar que en un paraje solitario le acechaba algún peligro. Como decía el historiador romano Tito Livio, "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".

Los temores que nacen de la razón y no de un peligro real suelen gestarse en el pasado, en las vivencias negativas que un día ocurrieron, o proyectarse hacia el incierto futuro. Por eso la manera que se responde en el presente no siempre es la más adecuada: se puede temer a algo que quizás supuso una amenaza, o bien sentirse aterrado ante un peligro inexistente.

La industria del cine de terror y la de los parques de atracciones conocen bien la fascinación que despierta el miedo. Girar la cabeza hacia bajo a gran velocidad o vivir un susto de muerte en una pantalla de grandes dimensiones y doble sonido vende. El miedo nos hace sentirnos vivos.

Este plus de adrenalina que inyecta en el organismo tensa los músculos, agita la respiración y acelera el corazón. Estos estímulos calculados permiten vivir la intensidad de la sensación sin necesidad de salir corriendo o luchar contra un peligro real. Resulta curioso que, por una parte, fascine tanto sentir miedo, mientras que, por otro lado, resulte tan difícil afrontar los pequeños o grandes temores que surgen en el día a día.

Considero que el miedo es un monstruo inventado por nosotros mismos que luego nos espanta y persigue. Pero en tanto construimos nuestros temores, también tenemos la capacidad de disolverlos y superarlos. El miedo hace que nos sintamos vulnerables. Por eso la respuesta suele ir dirigida a aumentar la seguridad. Cuando el peligro es real, esto impulsa a protegerse, pero cuando el temor lo crea uno mismo, el pensamiento suele reemplazar la acción.

La estrategia más típica para la defensa frente al enemigo, como la vigilancia y el control, la lucha, la huida o la búsqueda de aliados, se utilizan también contra el miedo. Pero, en lugar de reducirlo, contribuyen a que gane aún más poder.

En algún momento conviene valorar hasta qué punto el miedo impide llevar a cabo lo que se desea. Todas las personas sienten algún temor. La cuestión radica en como se maneja esa emoción.
Siguiendo la famosa máxima de Abrahan Lincoln, quizás la mejor manera de derrotar al enemigo sea trabando amistad con él. Sólo mirando cara a cara lo que causa temor es posible romper ese círculo vicioso. Al observar su aspecto se despeja la fantasía que construye la inquietud. Es una manera de poner límite a ese monstruo. Cuando ponemos nombre a lo que se teme y lo reconocemos por lo que es, un miedo y no una realidad, parte de su poder se desvanece.

El miedo señala precisamente dónde se encuentra nuestras limitaciones. Es algo completamente humano, pero que cuesta reconocer.

El mejor antídoto ante la parálisis del miedo es la acción. Para superar el miedo tenemos que acercarnos a lo que tememos. Dar un paso hacia delante es la mejor forma de alimentar la confianza.
A menudo aquello que más se desea es lo que más atemoriza.

"El miedo no es más que un deseo al revés", escribió el poeta mexicano Amado Nervo. Así pues, sólo cabe preguntarse: ¿qué anhelos se ocultan tras nuestras inquietudes? Cuando el deseo sea más fuerte que el temor, acaso estaremos más dispuestos a afrontarlo. Entonces, el miedo dejará de ser un enemigo interno para transformarse en auténtico valor.


lunes, 6 de abril de 2009

Falta de interés en el sexo



No existe el placer allí donde no existe más que él (Gilbert Keith Chesterton)


¿Cómo puede existir desinterés en una sociedad en la que el sexo está por todas partes?. Tal vez la respuesta se encuentre justamente en esa abundancia, en su exceso, provocando la insensibilización sistemática, o sea, nos hartamos de lo que abunda, nos colapsa la magnitud de estímulos que pretenden excitarnos por encima del deseo y por debajo de la piel.

El sexo del destape dio paso al sexo más explícito y al más industrial en forma de espectáculos eróticos, revistas y filmografía pornográfica. Nos entregamos al sexo de consumo, y pasamos así del "acto" a "hacer el amor", para acabar en "follar".

Por lo visto, es hoy tan fácil acceder al sexo, que necesitamos estímulos mayores que la simple desnudez, que el juego y la danza erótica o el despertar del deseo a través del contacto. Por eso hay que reinventar el morbo, introducir nuevas prácticas como el sexo público, el intercambio, las citas a ciegas o el peor de los enemigos, que es el sexo virtual. Con un solo clic, se puede acceder al sexo que quieras a cambio de disfrutarlo en solitario, sin compromiso, sin contacto, sin esfuerzo. Pide, paga y se te dará. Demasiado fácil como para aventurarse a complicarse la vida con otro ser humano. No vaya a ser que te pida algo más que el mero deseo.

Existe un monstruo que está acabando con todo deseo a base de adormecer nuestros impulsos: la obligación. Tal vez estamos olvidando la importancia de hacer las cosas con ilusión y no por obligación. La vida de tantas personas y la de tantas parejas acaba siendo un conjunto de rutinas, todas ellas exigentes y desgastadoras, que las dejan para el arrastre. Añádase a ello la ansiedad con la que se vive hoy, la incertidumbre, las crisis..El agotamiento del cuerpo desluce el deseo y lo pospone para otro momento, para ese día en el que reine la tranquilidad y, con ella, las ganas de hacerlo todo. Es un argumento tramposo, porque la motivación se asocia a circunstancias externas no dependientes de las personas y, por eso, sometidas a la desaparición de las obligaciones, cosa que no sucederá, ya que se ha convertido en el modus vivendis de la relación.


Es curioso, porque, visto así, se asocia el sexo a una obligación más, a un consumo energético más y, por tanto para no deslucirlo, mejor dejarlo. Me extraña que el tema no se plantee en términos contrarios, o sea que, aturdidos por tantas obligaciones, celebremos que al menos nos queda el sexo. El desgaste producido haciendo el amor acaba siendo una bendición para los sentidos. Te consume y la vez te carga. Te cansa ahora, pero te aligera después. No nos importa decir que ir al gimnasio requiere un esfuerzo pero que después te sientes de maravilla. ¿Por qué no me ocurre lo mismo con el sexo?.

El sexo, no reducido a un mero ejercicio, implica estar presente. Implica sobre todo intimidad. Y eso asusta a más de uno y más de una. Hacer el amor es eso, amar, dedicarse al otro. Es entregarse. Es dar y recibir. Es una sintonía, una complicidad, una celebración. Entonces, cuando observo la frialdad o la dejadez imperante en muchas relaciones, me pregunto qué es lo que realmente les importa.

Cuando se seca el sexo, algo ocurre en la relación. Cuando se vuelve frío, algo nos ocurre a las personas. Aunque en nuestra vida cabe el sexo por el sexo, su importancia no radica en el consumo sino en el encuentro. El sexo nos vincula como otra forma de comunicación.


Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer, " el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones"

El sentimiento de protección, de filiación, de pertenencia que atesoramos desde la infancia, pasa por la caria, por el beso, por el abrazo. La sexualidad es una oportunidad de renovar ese se-timiento de aumentar el vinculo y de conducir la energía que genera el deseo.

Parece que nuestras primeras experiencias táctiles, en la infancia, resultan decisivas para la adaptación mental y emocional posterior. Me imagino que en la más tierna infancia, entre los arrumacos, los vaivenes en diferentes brazos y la frustración de no poder elegir ni cuándo ni cómo ni a quien tocar, actúa como un registro sensitivo que va a condicionarnos el resto de nuestras vidas.

Pero además de ser tocados, está nuestra experiencia táctil, nuestro despertar a las texturas y lo que inconscientemente asociamos a ellas según lo que nos proporciona.

Sin lugar a dudas, no hay palabras, ni teorías ni argumentaciones que suplan la experiencia de la mirada, del tacto, de las caricias, los abrazos y los efectos que conllevan.

Los límites de nuestra piel son la frontera con el mundo exterior y con los demás.

Por eso el roce entre pieles acaba siendo lo más íntimo entre el yo y tú. Y eso no lo despierta cualquiera, sino aquellos o aquellas que, por el misterio de la vida, tienen un pasaporte más mágico para cruzar sutilmente nuestras fronteras personales más íntimas.



viernes, 3 de abril de 2009

Amansar las emociones

Es un hecho que en esta vida, nadie siente lo mismo, ni por lo mismo, ni lo expresan de la misma manera, ni en los mismos contextos. Distinguimos entonces entre la emoción sentida y la emoción expresada. Algunas personas expresan más de lo que en realidad sienten, mientras otras sienten más de lo que expresan.

Destacan aquellas personas que todo lo siente elevado al cuadrado. Parecen no tener medida: viven autenticas cascadas emocionales. Tachadas a veces de lloronas, sentimentaloides, emotivas, desbordadas o sensiblonas, viven de continuo en los abismos emocionales. ¿Y cuál es entonces el problema?. Para muchos, es una virtud poder comunicar todo lo que viven. Para otros, una condena. Y no sólo por ellas sino por las dificultades que a menudo conlleva entenderse con personas exageradamente sensibles.

Las emociones son estados de nuestro organismo. Un estado emocional tienen dos componentes: una expresión física (estado corporal) y una sensación consciente (sentimiento). La emoción es breve e intensa. El sentimiento es un mar de fondo de larga duración. La comunicación de la emoción depende, sobre todo, de los músculos que controlan expresiones posturales y faciales. Dicho de otro modo, la expresión emocional en algunas personas es todo un poema.

Las respuestas emocionales corporales están mediadas por nuestro cerebro más primitivo, amo y señor de nuestro sistema nervioso autónomo, al que no podemos controlar a voluntad. Un estado corporal comprende estos aspectos autónomos junto con otros músculos esqueléticos en endocrinos. Ese estado de activación, conocido como arousal, es diferente para cada persona, de las más flemáticas a las más expansivas. Es nuestra identidad emocional, las autopistas por las que circulan nuestros humores.

Si bien es cierto que las personas muy mentales cansan, las muy emocionales desgastan. Pero, sobre todo, se desgastan a sí mismas. No pueden dejarse en paz.

Cuando perdemos un ser querido, nuestro mundo interior se altera y pasa de los remolinos de la cotidianidad a fuertes tsunamis emocionales. Ahora vamos a imaginarnos que eso sea a la inversa: vivir cada día en un tsunamis y, en cambio, allá donde todos se ahogan, los sufridores emocionales lo viven como un simple remolino. Por eso suelen ser tan bueno acompañando a la gente en sus sufrimientos. Por eso llevan la empatía a su máxima expresión. Por eso son tan útiles cuando nos invade el desconcierto emocional. Lo son todo para los demás, aunque se pierden en sí mismo.

Si bien es cierto que sentimos lo que sentimos, también lo es por suerte que poco a poco aprendemos a sentir, a regular lo que nos pasa en nuestro interior. Nuestros estados se las tienen que ver con el medio en el que habitamos, con aquellos con los que socializamos y con la cultura que nos envuelve. Pero aún así, algunas personas no pueden escapar del vasallaje a sus intensos sentimientos. Habrá que pedir explicaciones a su hipocampo cerebral.

Esta estructura elabora conscientemente nuestras pasiones y la registra en nuestra memoria a largo plazo. Cuando vivimos una experiencia lo suficientemente intensa se producen tres fenómenos a la vez, que van a quedar anudados en nuestra neurología a partir de ese instante: se produce una respuesta fisiológica (emoción), se produce un aprendizaje y se produce un almacenamiento en nuestra memoria a largo plazo. Total, que en un plis plas hemos creado memoria emocional.

O sea, somos memoria emocional. Y cuanto más repetimos una respuesta, más la reforzamos, hasta llegar a automatizarla. Al final, es ella la que se encarga de filtrar la información del medio. Sí la respuesta fue en cascada, así será ahora y en el futuro hasta que aprendamos a modificarla. ¿ Cómo? Pues al igual que aprendimos la primera vez, es decir, tomando conciencia del anclaje que se forma entre el estimulo y la respuesta. Para eso tenemos la conciencia. De no ser así, seríamos esclavos de nuestras memorias antiguas, algunas de las cuales son familiares.

Nuestro estilo a la hora de sentir acaba coloreando nuestro carácter. La mayoría de las personas suelen tener la capacidad de adaptar su personalidad a las demandas circunstanciales. Pero hay otras que, por el contrario, muestran una excesiva rigidez. Ni pueden ni saben ser flexible. Sus respuestas están tan condicionadas que, en términos psicológicos, solemos hablar de trastorno de personalidad.

Nuestro universo es la brújula que evalúa y guía el sentido de nuestros acontecimientos vitales. Tal vez sufrimos el reduccionismo del lenguaje y no logramos distinguir entre las emociones, como estado relativo de nuestro organismo, y el transfondo sentimental que subyace en cada persona. No es lo mismo ser preso de las emociones que vivir emocionalmente. No somos sólo eso que sentimos en un momento determinado. Somos seres emocionales y emocionables, no sólo emotivo.
Las cascadas de pasiones impiden ver el bosque de nuestros sentimientos auténticos. Tenemos que ser capaces de alejarnos de la servidumbres emocionales y darnos cuenta de lo que ocurre en realidad. Ningún problema puede ser resuelto desde el mismo nivel de consciencia que lo creó (Albert Einstein).

Lo que sentimos de veras, lo que está sucediendo en nuestro interior, se esconde justamente detrás de esas emociones primarias y superficiales que ocupan nuestra atención. Hay que aprender a salir de ahí para poder sumergirnos en el fondo de nuestra verdad. Un fondo que suele mantenerse quieto, en calma sin el ruido de los tsunamis.




jueves, 2 de abril de 2009

Espacios intocables



Todos necesitamos nuestro espacio vital. Y a menudo nos vemos agredidos en la intimidad si desconocidos, o incluso familiares y amigos, se entrometen en nuestro círculo.
Todos vivimos en unas burbujas o cápsulas personales que significan los límites entre nuestro cuerpo y el de los demás. Pero esa burbuja no es igual para todos.

Imagínese la siguiente situación: sale usted de un edificio y toma un ascensor, en el que hay tres personas más a las que no conoce. El corto trayecto hasta la salida se hace algo incomodo por los silencios, por no saber donde mirar y, sobre todo, por evitar rozarse con alguien.

Una vez en la calle, usted accede a un transporte público, que va repleto. Se siente ensartado entre cuerpos, que lo rozan e incluso estrujan. Aunque también es una situación incomoda sobrevive hasta llegar al destino.

Respirando de nuevo el aire de la calle, entra en un restaurante, bastante lleno, y le colocan en una mesa solitaria casi codo con codo con sus vecinos de mesa. Está tan cerca que parece que esté comiendo con ellos y participando silenciosamente en sus conversaciones, aunque se hace el despistado por aquello de no parecer un cotilla. Metido en sus cosas, cena un poco e intenta agrandar el pequeño estrecho que le separa de su vecindario.

De nuevo en la calle se acerca a tomar una copa al pub o discoteca de moda. Lleno hasta la bandera. Para lograr acercarse a la barra tiene que recorrer una pista de cuerpos, como si de una prueba de obstáculos se tratara.

Todas estas situaciones tienen en común la percepción de uno mismo respecto a los demás. Cuanto menos gente, más presencia del yo individual. Cuanta más gente, mayor despersonalización. Dicho de otro modo, la burbuja personal se agranda o se estrecha en función de los contextos. Pasamos de ser uno a ser uno más. Y esto lo cambia todo, tanto que en los extremos podemos pasar de ser una persona tranquila y educada a convertirnos en unos auténticos energúmenos.

Metidos en el terreno de la comunicación no verbal, la proxémica es la encargada de estudiar el uso y percepción del espacio social y personal. Una de sus especialidades es la observación de las distancias conversacionales y como estas varían según el sexo, el estatus, los roles, la orientación cultural y otros factores que, en resumen, sirven para marcar nuestra territorialidad, o sea, los espacios intocables.

Eso de marcar territorio, aunque aparenta ser muy animal, es también una conducta humana que practicamos a diario, y no sólo con los desconocidos. También en el seno familiar solemos contraer o expandir nuestra subjetiva burbuja personal según con quien nos relacionemos. Incluso en las relaciones más intimas, los espacios y las distancias suelen tener sus significados. Nuestros estados internos o la valoración de la relación con el otro se traduce en conductas visibles, aunque silenciosas. La presencia del otro, sobre todo cuando no nos apetece, cuando estamos enfadados, por ejemplo, se hace intrusíva y puede llegar a ser vivida como una contaminación de nuestro espacio e incluso una violación de nuestra esfera personal.
Observen que cuando una persona está muy irritada, cualquier acercamiento tiene como respuesta ese reiterado "No me toques".Algo así suele sentir aquellas personas que sufren cuando su interlocutor es de esos que las agarran por el brazo, se les acerca mucho y les hablan con la boca prácticamente pegada a la oreja.

Ciertamente, el sentido de la proxémica pasa inadvertido para muchas personas que, lejos de captar la incomodidad que puede sentir el otro, creen que no hay mejor señal de su sincera confianza. ¡Qué lejos están a veces las conductas de las intenciones!.

miércoles, 1 de abril de 2009

La era de las pasiones tristes


Parece existir un acuerdo en proclamar nuestros tiempos como "la era de las pasiones tristes". Si bien es cierto que andamos detrás de vivir grandes experiencias emocionantes, también lo es que generar de continuo tantas expectativas acaba arrojando un estado permanente de frustración. Algo parecido sucede con el amor de pareja. Se habla tanto de este tema hoy día que hemos llegado a un estado contradictorio: saturados de amor, pero incapaces de amar. Muchas personas siguen enfermando aún en nombre del amor. Existen mil amores que lo son todo menos amor auténtico. O tal vez lo que sucede es que siguen existiendo amantes con conductas retorcidamente neuróticas.
Te quiero cuando ...no te tengo. Sólo se ama lo que no se posee totalmente (Marcel Proust).

Existe una manera de amar que consiste en sentirse enamorado o enamorada del otro cuando no está presente. Es como desearlo de una manera loca hasta que lo tienes delante. Cuando eso ocurre se acabó la fiesta. Ante la persona amada, las mariposas en el estómago se convierten en extrañeza, en una sobrevenida pasividad, como un agujero negro que te aspira todo sentimiento. Sabes que la quieres, pero no sientes que la quieras. Estar juntos es estar en el vacío. Pero cuando se aleja, se la echa muy en falta. Entonces aparecen todos los discursos que no se han dicho, todas las sensaciones perdidas en el vacío de la presencia.

Aparecen los deseos, las ganas y, sobre todo, la melancolía, la añoranza, la ensoñación ante un nuevo encuentro. Ahora también existe el vacío, pero es diferente, ahora está lleno de ausencia. Y ésa es la clave del asunto.

Este tipo de personas han aprendido amar desde la pérdida. Se han pasado la vida amando la ausencia. Un apego inseguro cultivador de un miedo a ser abandonadas. Unos primeros amores platónicos o imposibles y otros que se frustraron en el camino. Total, que han aprendido a amar sin tener el sujeto de amor delante. En este paquete podríamos incluir los temerosos del compromiso, a los hombres y mujeres que sufren el síndrome de Peter Pan y no quieren crecer. Son toda una legión que se reconocen porque se pasan la vida proclamando su deseo de amar, pero en realidad se la han pasado liquidando relaciones. Su alimento es el dolor de las pérdidas o el de la ausencia. Por eso no pueden amar en vivo y en directo. Porque ya no es tan divertido. Ya no pueden sufrir, aunque por lo general suelen crear conflictos dentro de la pareja y rompen unas cuantas veces con tal de tomarse su dosis de adrenalina nostálgica. Sus parejas, cansadas, suelen abandonarlos, y así les hace el mayor regalo posible: una nueva oportunidad de enfangarse en la ausencia.

Un cobarde es incapaz de mostrar amor. Hacerlo está reservado a los valientes (Gandhi)

Probablemente éste sea el más clásico de todos, aunque sigue funcionando de maravilla. Consiste en el desconcierto que genera uno de los amantes al cambiar completamente el rol en la relación. Aquí el juego consiste en que aquella persona que ha sido tu príncipe azul o tu princesa, que hasta ahora te ha colmado de felicidad, empieza a mostrarse dura, crítica, te va hundiendo en la miseria hasta que realmente te conviertes en su víctima. Destrozada la persona por dentro, desorientada y culpándose por sus errores, aquel o aquella que hasta ahora ha sido tu verdugo se muestra compasiva, salvadora.

Quien asume esta manera de amar no puede amarse a sí misma, su baja autoestima y su poca seguridad personal sólo la consigue sublimar ajusticiando al otro, dejándolo en la nada. Porque cuando una persona no es nada, cualquiera a su lado es mucho. Por eso el perseguidor necesita de este juego. Ambos roles suelen necesitarse y crean una dependencia afectiva muy compleja.


Existe una forma de relación muy curiosa, que adopta aquellas personas que suelen tener la creencia de ser poca cosa. Consiste en emparejarse con personas que aparentan tener mucha iniciativa, que les confiere mucha seguridad. Son como cenicienta que confunde al príncipe con superman. Les transfieren todo el poder a cambio de mostrarse solícita y sumisas. Lo bueno del caso es que luego se quejan todo el día de tener unos compañeros que no las entienden, que no tienen sensibilidad y, sobre todo, que no les dejan hacer nada. Y cuando se les concede ese espacio que tanto anhelan, se convierte en un mar de dudas, en un sin fin de culpabilidades y, sobre todo, en mucho miedo. El mal trago lo terminan volviendo al redil de su amorcito, que les recuerda: ¡qué sería de ti sin mí!.

Uno de los juegos a los que solemos asistir los psicólogos en las consultas es aquel en el que un miembro de la pareja invita al a otro a pasar por una terapia, ya que "el problema lo tienes tú". Son personas que sólo se miran a sí mismas y para las que todo debe ocurrir según el esquema de vida que tiene planeado, también para su pareja.

Cuando las cosas no siguen ese orden acaban convenciendo a la otra persona de que no funciona bien, de que no se enteran y deberían acudir a un especialista para ver si la arregla. Estas personas funcionan por el principio de "yo no tengo problemas, los tiene los demás". No les interesa entender que en cuestión de pareja cualquier dificultad atañe a las dos partes.
Todos éstos son ejemplos de conductas amatoria neuróticas. Por supuesto que no merecen ser llamadas "amor" porque no lo son. Más bien se trata de confusiones e inestabilidades emocionales. Se trata de apegos mal resueltos o de estructuras de personalidad que tienden a repetir unos hábitos afectivos limitantes.

Crecer como persona incluye también crecer emocionalmente. Pero ahí tenemos un problema. Vivimos en sociedades que aún arrastran un fatal malentendido: creer que el amor y los grandes sentimientos, léase las pasiones, van de la mano. Grave error.


El amor auténtico no se basa en grandes tormentas emocionales, sino más bien en pequeñas semillas que con el tiempo arraigan fuertemente en nuestra alma.


A ver si vamos comprendiendo que amar no es hacer sufrir. Qué el amor no es una posesión, ni una adicción. Que la unión entre dos personas es un acto sagrado y no un juego más de nuestras neurosis emocionales.


Aconsejo ver la película "Primavera, Verano, otoño, invierno y Primavera", del directo coreano Kim Ki-duk. la historia es simple y sencilla: el aprendizaje de un hombre a lo largo de las diferentes estaciones y las diferentes etapas de su vida. El despertar a diferentes emociones como el amor, los celos y las obsesiones.


No le vuelva loco la mente

A esta altura del conocimiento sobre la conducta humana, ya no cabe más dudas: el problema es la dichosa mente. O tal vez lo que hacemos con ella, que no es otra cosa que atormentarla a base de pensamientos. Dejemos claro, pues, que no es la mente la mala de la película, sino nuestro inquisidor afán por pensarlo todo. Somos lo que pensamos. No podemos dejar de creer en lo que nosotros mismos hemos creado. Sin darnos cuenta, creamos lo que creamos.

Antes de adentrarnos en la servidumbres mentales, sirva recordar que no es un acto gratuito. Necesita de una inversión energética y, a la vez, genera más energía. No en vano acabamos agotados de "tanto pensar". El mensaje que no debemos olvidar es que esa energía que genera el pensamiento, igual que la genera los estados emocionales, se traduce en una vibración personal, en una bola de información que se lanza al universo. Dicho de otro modo: el pensar genera estados internos (nos demos cuenta o no), y dichos estados generan una vibración personal que va más allá de nosotros. La captamos en los demás, así como somos captados.

Pienso, luego dudo. El escritor y filósofo Henri Fréderic Amiel: "El hombre que pretende ver todo con claridad antes de decidir, nunca decide". Para su entretenimiento, la mente siempre necesita, al menos, dos pensamientos en conflicto.

Metidos en esta dualidad, nuestras vidas padecen el síndrome de la duda, o sea, que algún miedo nos esta atrapando y por eso empezamos a especular. Es imposible apagar el fuego con más fuego.

Como explica el psicológo Jenny Moix Queraltó, los humanos tenemos tendencia a la generalización, al etiquetaje para ordenar realidad. Así la mente convierte lo que es simplemente una situación en un problema. Caemos en el juego de pensar que si estuviéramos en otro lugar, si tuviéramos otra pareja, o más dinero, si pudiéramos hacer esto o aquello, nos sentiríamos mejor, ahuyentaríamos los temores actuales. Tal pensamiento es una bomba de relojería: nos mete en la necesidad de resolver ese problema y nos impide aprender a aceptar los momentos y situaciones poco placenteras.

Otro privilegio que tiene nuestra mente y la peor pesadilla es la de hacer representaciones de todo y luego moverla por el tiempo como si fuéramos directores de nuestra propia película. Esta maravilla a la que llamamos imaginación puede convertirse de repente en el túnel del terror. Si el pasado nos condiciona, la anticipación del futuro nos mete en dos dimensiones completas: las altas expectativas y los miedos a un destino dramático, o sea a sufrir antes de hora.

Lo curioso del caso es que tanto lo uno como lo otro no existe en la realidad, no esta sucediendo. Son sólo alternativas de un mundo entero e inacabables de posibilidades. Pero las representaciones mentales son tan reales dentro de nuestra cabeza, que, al final los estudiosos del tema lo han investigado y llegado a la conclusión de que el cerebro no distingue tan claramente lo que está ahí fuera de lo que es un montaje interior. La mente se largó al futuro y trajo de vuelta la peor de las opciones. Y lo hace precisamente por eso, para estar preparada por si ocurre.
La mera preocupación por lo que va a ocurrir se graba en el cerebro con la misma intensidad que un recuerdo negativo real.
Otra de nuestras distracciones habituales consiste en hacer comparaciones. Esto no tendría nada de malo si las comparaciones tuvieran el propósito de aprender.

Pero las comparaciones acaban siendo odiosas porque no tienen otro propósito que azotarnos por no hacerlo tan bien como los demás, sentirnos inferiores.

Estamos perdidos. La traidora mente nos recordara a diario, a cada instante, lo que deberíamos ser que aún no somos. Lo que deberíamos hacer que aún no hacemos.

Solemos caer en la trampa de creer que lo que hacemos, pensamos y sentimos es producto de cada momento, cuando en realidad es producto de nuestro pasado.






Si queremos crecer, cambiar, explorar nuevas acciones y posibilidades en nuestra vida, si queremos dejar de hacer cosas que no funciona, hay que dejar de ser memoria para ser creadores de nuestra vida. Y sobre todo hay que dejar en paz a esa mente que puede ser nuestra peor pesadilla.