miércoles, 6 de mayo de 2009

Los otros




Cada ser humano tiene un modo particular de relacionarse, un tipo de personas con las que sintonizan con mayor facilidad, así como otras que le generan inseguridad o rechazo. Profundizar en esta cuestión permite conocerse mejor y responder a la pregunta: ¿quién soy yo?.


Según Henry Markram, neurocientifico y director del Instituto de la Mente en Lausana, las personas se parecen a las neuronas: necesitan estar integradas en una red para ser eficaces. La familia, los amigos, las parejas, los compañeros de trabajo, incluso esas pequeñas triviales interacciones que entablamos cada día, conforman esa trama relacional de la que formamos parte, y en la que los intercambios y la información fluyen sin cesar.


Este espacio de interacción es ante todo un lugar de aprendizaje. A través de las relaciones asimilamos los múltiples aspectos que organizan la socialización. Pero no sólo eso. Las personas con quienes nos relacionamos pueden actuar como un espejo que refleja quienes somos. Primero porque con sus comentarios, críticas, elogios, etc, nos devuelven una imagen que no siempre es fácil de mirar. Segundo porque observando lo que nos despierta los demás es posible descubrirse a uno mismo.


Una tendencia común lleva a juzgar rápidamente a los demás. Se suele pensar: esta persona me gusta, me hace sentir bien, pero aquella me irrita y no me conviene. Es la postura más fácil. Mucho más difícil es preguntarse: ¿qué dice de mí esta relación?, ¿Por qué no logro entenderme con esta persona?, o ¿qué hace que me resulte tan fácil relacionarme en esta situación?.


Una relación siempre es cosa de dos, por eso, tanto si existe un conflicto como una buena conexión, algo está poniendo cada persona de su parte.


Tenemos, por tanto la capacidad de crear nuestras relaciones, pero al mismo tiempo las relaciones nos crean a nosotros.


La identidad personal va unida a red familiar, profesional y social a la que se pertenece y son las personas con las que nos relacionamos las que contribuyen a crear nuestra realidad.


En este momento en el que se ensalza al máximo al individuo y prevalecen valores como la originalidad, la libertad y la competencia, se suele perder de vista hasta que punto el entorno condiciona la personalidad. Sin embargo la imagen que una persona tiene de sí misma se forja con el reflejo que recibe de los demás.


El escritor Marx Frisch afirmaba: "En cierto grado somos lo que los demás perciben en nosotros. Tanto lo que ven nuestros amigos como lo que advierten nuestros enemigos". En general no resulta fácil escuchar críticas, pero lo que es más sorprendente es que muchas personas se sienten incómoda cuando reciben elogios, tanto del reflejo negativo como del positivo es posible extraer una información valiosa sobre uno mismo.


Qué la opiniones ajenas actúen como impulso o como freno depende del que emite el mensaje y el que lo recibe.


Una actitud defensiva hará rebotar inmediatamente esa imagen que se recibe de las personas del entorno y privará a su vez de la oportunidad de aprender de ellas.


Los demás pueden advertir cosas que para uno pasan inadvertidas. Compartir esa visión recíproca ayuda a ganar una perspectiva más amplia, dado que todas las personas tienen puntos ciegos. Cuando se utiliza estos intercambios de pareceres de manera natural es posible convertir la relación en un espacio que permite enriquecerse mutuamente.


Para el filosofo y poeta Ralp Waldo Emerson, "la opiniones que tienen las personas sobre el mundo son también una confesión de su carácter". Al construirnos una imagen y una opinión de los demás, a menudo se olvida de que los estamos observando a través de unas lentes bien particulares: las nuestras, que son diferentes a las de cualquier otro.


Se tiende a rechazar en otras personas aquello que no se quiere ver en uno mismo, mientras que se admira lo que apetecería poseer pero creemos no tener. Por eso resulta interesante observar a las personas que más nos irritan o cautivan y preguntarse si eso que parece tan detestable o tan fascinante hemos podido mostrarlo en cierta forma en alguna ocasión.


Alguien por ejemplo, puede descubrir que la pereza que tanto critica en los demás tiene que ver con su propia angustia a perder el tiempo. Otra puede observar que le atrae las personas seguras y comunicativas, precisamente por ser aptitudes que cree que le faltan. Pero si busca en su pasado, seguramente encontrará situaciones en las que se habrá mostrado también segura y expresiva. Los demás actúan también como un espejo donde se proyectan aspectos personales.


Observarlos fuera puede ser una oportunidad para reconocerlos e integrarlos en nuestra persona.


Al final esta exploración por el mundo de las relaciones es posible descubrir que en la práctica no existe una división rígida entre uno mismo y los demás. En nuestro interior coexisten los contrarios, dado que somos tanto valientes como cobardes, a veces amables y otras huraños, y eso nos da una visión más flexible del ser humano.


Nos relacionamos con los demás tal y como se relaciona consigo misma. En el mundo interno y externo se producen de hecho las mismas pautas de interacción. Fuera somos individuos en relación con otros individuos. Dentro, en nuestro interior, existen diferentes partes de nuestra persona en continua relación que puede entrar en conflicto o llegar a acuerdo.


Así aquellos que son muy severos e inflexibles consigo mismo, también suelen relacionarse de manera exigente con las otras personas. Del mismo modo cuando alguien llega a conocerse mejor y tratarse con mayor respeto y amabilidad, traslada esa comprensión hacia los demás.


"El reflejo de uno mismo es la escuela de la sabiduría. Aprender a reconocerse en el espejo que nos ofrecen los demás permite utilizar el espacio de interacción para crecer y mejorar como persona".

4 comentarios:

viva la vida (coldplay) dijo...

la verdad es que somos lo que mostramos siendo nosotros mismos,es la mejor manera de ofrecernos al mundo con nuestros defectos y virtudes,luego son los demas los que deciden.
la vida es muy bella para pararnos a pensar que opinan los demas.

Han Solo dijo...

La mejor manera de aceptarnos a nosotros mismos, es querernos como somos, ignorando las criticas malsanas, que nos puedan hacer aquellos, que tratan de pasarnos el problema que tienen con nostros, tan solo porque somos como somos y ellos no lo aceptan, por la razón que sea. Vivir y dejar vivir es la mejor manera de aceptarnos. Quien no nos trague por ser asi... bueno... simplemente es su problema, pues son ellos los que protestan, no nostros.
No adoptemos su problema, disgustandonos, por el hecho de que no les gustemos.
Somos como somos, y mientras respetemos, seremos respetados
Quien no lo vea asi, es su problema y nunca, nunca, nuestro

Muchos besos guapa

Marga dijo...

¿Sabiduría, sabiduría, por dónde caminas que no me acabas de llegar?

Galileo dijo...

Hola, me apuntaría a una sociedad en la que las relaciones fuesen auténticas (libres de interés) y pudiesen aportarnos lo que sugieres en el post. Creo que hay que cuidarse de separar muy bien las relaciones que pueden decirnos algo de nosotros, de las que acaban siendo puro mercadeo. Si nos vemos a nosotros mismos como objetos con una identidad fijada, dejamos de Ser. Y una manera de vernos a nosotros mismos como objetos, es identificarnos con un rol social impuesto por "los otros". Si la conclusón es "relacionarse siempre resulta enriquecedor en la medida en la que puedes aprender cosas de ti y de los demás" estoy de acuerdo. Creo que tratando de resumir he logrado no explicarme, pero bueno, volveré a ello en otro momento. Gracias por estas reflexiones compartidas.