martes, 7 de abril de 2009

¿Qué hacemos con nuestros miedos?



Tendemos a considerar el miedo como un enemigo contra el que hay que luchar. Al hablar de esta emoción, a menudo se utilizan expresiones bélicas: se dice que es preciso desafiar, combatir o vencer al miedo como si se tratara de un invasor que puede conquistar en cualquier momento nuestro territorio. El objetivo, por tanto, se centra más bien en suprimirlo.

Sentir temor se vive como un signo de cobardía o debilidad, se despierta vergüenza y es algo que se prefiere mantener escondido. Como todas las emociones cumple una función importante. Es una señal de que algo se está viviendo como una amenaza. Se trata, por tanto, de un componente esencial del sistema de defensa de gran parte de los seres vivos.

Los animales frente a esta emoción tienen cuatro tipos de reacciones: el ataque, la inmovilidad (lo que comúnmente se conoce como hacerse el muerto) y el sometimiento. La especie humana, añade, además de estas respuestas la incorporación de una nueva: actuar como si no tuviera miedo, es decir negarlo.

Intentar suprimir el miedo equivale a ignorar una señal de alarma que avisa de la existencia de un fuego. Silenciar la señal no significa que el fuego deje de existir, sino que incrementas las posibilidades de que se extienda. De igual modo, sentir temor no supone un problema, sino que más bien apunta a una dificultad que conviene abordar.

Esta emoción natural y útil a veces genera una reacción de bloqueo. Sucede cuando esta señal no esta bien regulada, ya sea porque se activa con demasiada frecuencia o porque despierta con suma rapidez un pánico incontrolable.

Se sabe, por ejemplo que cierta dosis de ansiedad ayuda en un examen o para salir a un escenario, pues incrementa la capacidad de concentración, la fuerza y la habilidad. Pero si esa misma ansiedad sobrepasa cierto umbral, diferente para cada persona, puede generar incapacidad para hacer frente a los acontecimientos.
¿Cómo puede el miedo crecer hasta limitar nuestra capacidad de acción?.

Sogyal Rimpoché, autor de El libro tibetano de la vida y la muerte, recalca que "la mente puede ser el mejor amigo o el peor enemigo". Y es precisamente la capacidad humana de anticipar, de pensar en lo que puede suceder, la que a menudo nos atrapa en la trampa del miedo.

La enfermedad del hipocondriaco sólo existe en su imaginación, pero el sufrimiento es autentico. El fóbico reacciona ante un estímulo inofensivo para la mayoría. Y cualquiera ha podido experimentar en alguna ocasión cómo el miedo crecía repentinamente con sólo imaginar que en un paraje solitario le acechaba algún peligro. Como decía el historiador romano Tito Livio, "el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son".

Los temores que nacen de la razón y no de un peligro real suelen gestarse en el pasado, en las vivencias negativas que un día ocurrieron, o proyectarse hacia el incierto futuro. Por eso la manera que se responde en el presente no siempre es la más adecuada: se puede temer a algo que quizás supuso una amenaza, o bien sentirse aterrado ante un peligro inexistente.

La industria del cine de terror y la de los parques de atracciones conocen bien la fascinación que despierta el miedo. Girar la cabeza hacia bajo a gran velocidad o vivir un susto de muerte en una pantalla de grandes dimensiones y doble sonido vende. El miedo nos hace sentirnos vivos.

Este plus de adrenalina que inyecta en el organismo tensa los músculos, agita la respiración y acelera el corazón. Estos estímulos calculados permiten vivir la intensidad de la sensación sin necesidad de salir corriendo o luchar contra un peligro real. Resulta curioso que, por una parte, fascine tanto sentir miedo, mientras que, por otro lado, resulte tan difícil afrontar los pequeños o grandes temores que surgen en el día a día.

Considero que el miedo es un monstruo inventado por nosotros mismos que luego nos espanta y persigue. Pero en tanto construimos nuestros temores, también tenemos la capacidad de disolverlos y superarlos. El miedo hace que nos sintamos vulnerables. Por eso la respuesta suele ir dirigida a aumentar la seguridad. Cuando el peligro es real, esto impulsa a protegerse, pero cuando el temor lo crea uno mismo, el pensamiento suele reemplazar la acción.

La estrategia más típica para la defensa frente al enemigo, como la vigilancia y el control, la lucha, la huida o la búsqueda de aliados, se utilizan también contra el miedo. Pero, en lugar de reducirlo, contribuyen a que gane aún más poder.

En algún momento conviene valorar hasta qué punto el miedo impide llevar a cabo lo que se desea. Todas las personas sienten algún temor. La cuestión radica en como se maneja esa emoción.
Siguiendo la famosa máxima de Abrahan Lincoln, quizás la mejor manera de derrotar al enemigo sea trabando amistad con él. Sólo mirando cara a cara lo que causa temor es posible romper ese círculo vicioso. Al observar su aspecto se despeja la fantasía que construye la inquietud. Es una manera de poner límite a ese monstruo. Cuando ponemos nombre a lo que se teme y lo reconocemos por lo que es, un miedo y no una realidad, parte de su poder se desvanece.

El miedo señala precisamente dónde se encuentra nuestras limitaciones. Es algo completamente humano, pero que cuesta reconocer.

El mejor antídoto ante la parálisis del miedo es la acción. Para superar el miedo tenemos que acercarnos a lo que tememos. Dar un paso hacia delante es la mejor forma de alimentar la confianza.
A menudo aquello que más se desea es lo que más atemoriza.

"El miedo no es más que un deseo al revés", escribió el poeta mexicano Amado Nervo. Así pues, sólo cabe preguntarse: ¿qué anhelos se ocultan tras nuestras inquietudes? Cuando el deseo sea más fuerte que el temor, acaso estaremos más dispuestos a afrontarlo. Entonces, el miedo dejará de ser un enemigo interno para transformarse en auténtico valor.


2 comentarios:

viva la vida (coldplay) dijo...

cuando uno normalmente tiene miedo saca lo mejor de si aunque es cierto que no en todos los casos pero con la madurez se consigue.

Han Solo dijo...

yo pienso, que el miedo te hace estar vivo
Es bueno
si no tuvieramos miedo a nada
nos tirariamos por un barranco
tranquilamente, por ejemplo
el miedo te salva la vida
el que tiene miedo no es cobarde, sino prudente
y no es cobarde el que tiene miedo,
sino el que tiene miedo y huye
el miedo es precaucion