lunes, 27 de abril de 2009

Los sotanos de nuestra mente

Desde Freud sabemos que lo que entendemos por nuestra realidad es sólo la punta de un iceberg en un mar desconocido. Nuestro inconsciente es como un álbum invisible donde se guardan nuestras memorias emocionales. No sólo las propias sino las que hemos heredado.

Carl Jung es uno de los personaje de la historia que más se adentro en los océanos del inconsciente:"en realidad dependemos, en proporciones angustiosas, de un funcionamiento preciso de nuestro psiquismo inconsciente, de sus sobresaltos y de sus fallos ocasionales". El inconsciente no deja de ser un mecanismo perfecto que nos devuelve a diario a la hoja de ruta que, sin darnos cuenta, hemos trazado a lo largo de nuestras experiencias vitales, sobre todo las que conllevan una intensa carga de miedo. Su especialidad es entonces mecanizar procesos. Repetir una y otra vez la misma estructura experiencial. Lo fastidioso del asunto es que no tenemos conciencia de cómo hace esa función el inconsciente. Por eso, a menudo se convierte en una especie de torturador sin rostro.

El inconsciente percibe , tiene intenciones y presentimientos, sentimientos y pensamientos, al igual que el consciente, añadía Jung. ¿Qué son, si no, los presentimientos?, ¿las corazonadas?. También Joseph Le Doux ofrece esta visión de la contemporaneidad: "Gran parte del procesamiento emocional ocurre o puede ocurrir inconscientemente, así como por el hecho de que las personas a menudo encuentran incomprensible sus emociones. "El inconsciente es ese desconocido que te conoce mejor que nadie".

Si es cierto que todos aspiramos a ser felices, lo que antecede a ese estado es la paz interior. Pero lo que antecede a esa paz es poderse hacer espacio interior; eso es, estar presente y conectado con uno mismo. Lo que antecede a ese espacio con uno mismo es la desidentificación con lo exterior, o sea, no estar pegado o atrapado. Pero si la creencia es de confianza, pero la experiencia de desconfianza, estamos atrapados por el miedo. Y el miedo se basa también en un conjunto de creencias que anidan allí donde la mente consciente no llega. Son como una especie de creencias transparentes; están, pero no lo sabemos que están. En cambio tienen un poder real y contundente en nuestra conducta. Y son precisamente tales creencias las que nos impiden acercarnos a la felicidad.

Somos experiencia, sin lugar a dudas. Y en ese bagaje experiencial se entremezclan nuestras ambivalencias emocionales.

Sabemos que nuestra amígdala, en el sistema límbico, archiva todo lo que ha supuesto una amenaza, un trauma, un malestar psicológico. Y eso ocurre cuando lo vivido no ha podido cerrarse bien, cuando ha dejado la herida abierta o cuando ha tenido que asumir lo inasumible. Suelo decir que cuando las puertas no han quedados bien cerradas es fácil que exista corrientes de aire. Por eso, en cualquier momento de la vida, sin que exista razón alguna, somos víctimas de una especie de vendaval que nos arrastra. Ahí es donde podemos apreciar que alguna puerta había quedado abierta o mal cerrada. El inconsciente nos sabotea.

Muchas de nuestras experiencias han acabado siendo desadaptadas, o sea, que siendo anormales, las vivimos como normales. O sea, hemos naturalizado el error.

Lo confundimos con nuestro carácter, y lo hacemos como una especie de mala suerte con la que nos ha tocado vivir. Pero en realidad es una conducta, y como tal, transformable. Por eso es importante acercarse a los mensajes que descubrimos detrás de lo que nos sucede. Allí donde existe resistencia, allí donde sentimos una herida abierta, allí donde hay un bloqueo, allí donde el inconsciente nos sabotea, justo allí, es donde cabe preguntarse por el miedo que nos atenaza. ¿Qué ha ocurrido en nuestra vida para que exista ese miedo? ¿Qué construcción mental, en forma de creencia, realizamos que nos asusta?. Y junto con las creencias, una conducta dirigida a cerrar con firmeza, y a la vez con elegancia, aquellas puertas, aquellas situaciones o aquellas relaciones que deben quedar a uno y otro lado de la puerta. Sólo así, la mayoría de las veces podemos descansar en paz.


El peor enemigo no es el inconsciente, sino justamente el uso que hagamos de nuestra mente consciente. Entre otra cosa porque somos especialistas en maquillar, en ocultarnos incluso de nosotros mismos. Jung llamó a esa parte de nosotros que nos parte "la sombra", aludiendo al hecho de que convive con nosotros pero de forma oculta. La sombra no es total de la personalidad inconsciente. Representa cualidades y atributos desconocidos o pocos conocidos del ego, así como de los aspectos de los que nos avergozamos, aunque quedan opacos a nosotros mismos, pero que, en cambio, condenamos claramente en los demás.


Suele ocurrir que al cabo de los años de autoengaño, esa sombra maquillada clama por aparecer en escena. Muchas crisis existenciales aluden a la lucha interior de lo que somos y lo que no nos hemos permitido ser. Por ahí también nos sabotea también el inconsciente. Sabe que necesitamos ordenar e integrar todo lo que somos, sombra incluida. El encuentro con nosotros mismo es una tarea ineludible que, de negarse sistemáticamente, acaba por encontrar mecanismos más duros de realización, como, por ejemplo una mala enfermedad.


Aún vivimos en la cultura médica que inspiro Descarte al dividir la mente y el cuerpo. Así pues la enfermedad es producto de procesos orgánicos y punto. Ahora se empieza a admitir que las vivencias personales sobre todo el sufrimiento no ayudan a la enfermedad, pero en todo caso hay que descartar que sea la causa.

En un mundo que cada vez se sabe más interrelacionado y en el que la energía es el modus operandis de todo lo que tiene vida, es una tontería insistir en que el cuerpo tiene razones que la mente ignora. Puede que sea inconscientes; pero que interviene es una realidad cada vez más visible y, por suerte aceptada. No vale la pena entretenerse en la eterna discusión sobre la visión lineal de causa y efecto. No se trata de si esto causa aquello, sino que existe un todo relacionado del que la parte somática acaba siendo una expresión. No existe lo uno sin lo otro. A menudo no entendemos por qué enfermamos. Sin causa aparente no estamos físicamente bien. Entonces cabe también preguntarse por el mensaje que se esconde detrás de nuestro sufrimiento físico. Probablemente exista alguna parte de nuestra existencia que no estamos atendiendo lo suficiente, que hemos descuidado o que nos da miedo afrontar.
Aunque no tengamos la conciencia suficiente para entender lo que nos ocurre, sí la poseemos al menos para decidir pensar y actuar de otra manera diferente. Porque el inconsciente es una maquina casi perfecta, se encargará, como en una cadena de producción, de repetir siempre la misma secuencia. La labor que nos toca significará ofrecerle nuevas opciones, crear nuevas posibilidades, lograr que la maquina funcione siempre a nuevo favor.













4 comentarios:

viva la vida (coldplay) dijo...

creo que nuestro inconsciente es nuestra alarma,lo que nos avisa pero a veces nuestras experiencias dentro del inconsciente tambien nos juega malas pasadas.

Amilcar Campos Bernardi dijo...

Gostei da proposta do teu blog.Discutir temas da psicanálise sempre é interessante.
Sou professor no Brasil e utilizo muito o referencial teórico de Freud.

Ptolomeo Lagos dijo...

Me ha parecido interesantísima esta entrada y los comentarios sobre la unicidad y la interrelación entre las partes que nos constituyen. Me has proporcionado información importante.

Galileo dijo...

Gracias por compartir tu conocimiento. Tu blog me ha parecido muy interesante y ameno, además de tener un diseño atractivo. Con respecto al artículo "los sótanos de nuestra mente", querría hacer una breve reflexión (si es que soy capaz de sintetizar). Ultimamente he tenido la oportunidad de comprobar como el sistema sanitario atribuye con cierta "ligereza" alteraciones en analíticas o sintomatologías poco claras a causas psicológicas. Es como si, casi de la noche a la mañana, les hubiesen marcado una directriz en ese sentido a los médicos de este país. Si bien estoy de acuerdo en la incidencia determinante que tiene nuestra psicología sobre nuestro organismo, me parece que más de un médico se está cogiendo a ese "comodín" en vez de descartar las causas orgánicas mediante las pruebas que sean necesarias. Recientemente he vivido de cerca cinco casos en los que tras atribuir a causas psicológicas (ansiedad, estrés, depresiones) una sintomatología, finalmente y tras varios meses de insistencia por parte de los pacientes se han encontrado causas orgánicas que explican sus síntomas. Recalco una vez más que suscribiría un artículo tan brillante como este, con el único matiz al que me he referido. Gracias de nuevo.