miércoles, 1 de abril de 2009

La era de las pasiones tristes


Parece existir un acuerdo en proclamar nuestros tiempos como "la era de las pasiones tristes". Si bien es cierto que andamos detrás de vivir grandes experiencias emocionantes, también lo es que generar de continuo tantas expectativas acaba arrojando un estado permanente de frustración. Algo parecido sucede con el amor de pareja. Se habla tanto de este tema hoy día que hemos llegado a un estado contradictorio: saturados de amor, pero incapaces de amar. Muchas personas siguen enfermando aún en nombre del amor. Existen mil amores que lo son todo menos amor auténtico. O tal vez lo que sucede es que siguen existiendo amantes con conductas retorcidamente neuróticas.
Te quiero cuando ...no te tengo. Sólo se ama lo que no se posee totalmente (Marcel Proust).

Existe una manera de amar que consiste en sentirse enamorado o enamorada del otro cuando no está presente. Es como desearlo de una manera loca hasta que lo tienes delante. Cuando eso ocurre se acabó la fiesta. Ante la persona amada, las mariposas en el estómago se convierten en extrañeza, en una sobrevenida pasividad, como un agujero negro que te aspira todo sentimiento. Sabes que la quieres, pero no sientes que la quieras. Estar juntos es estar en el vacío. Pero cuando se aleja, se la echa muy en falta. Entonces aparecen todos los discursos que no se han dicho, todas las sensaciones perdidas en el vacío de la presencia.

Aparecen los deseos, las ganas y, sobre todo, la melancolía, la añoranza, la ensoñación ante un nuevo encuentro. Ahora también existe el vacío, pero es diferente, ahora está lleno de ausencia. Y ésa es la clave del asunto.

Este tipo de personas han aprendido amar desde la pérdida. Se han pasado la vida amando la ausencia. Un apego inseguro cultivador de un miedo a ser abandonadas. Unos primeros amores platónicos o imposibles y otros que se frustraron en el camino. Total, que han aprendido a amar sin tener el sujeto de amor delante. En este paquete podríamos incluir los temerosos del compromiso, a los hombres y mujeres que sufren el síndrome de Peter Pan y no quieren crecer. Son toda una legión que se reconocen porque se pasan la vida proclamando su deseo de amar, pero en realidad se la han pasado liquidando relaciones. Su alimento es el dolor de las pérdidas o el de la ausencia. Por eso no pueden amar en vivo y en directo. Porque ya no es tan divertido. Ya no pueden sufrir, aunque por lo general suelen crear conflictos dentro de la pareja y rompen unas cuantas veces con tal de tomarse su dosis de adrenalina nostálgica. Sus parejas, cansadas, suelen abandonarlos, y así les hace el mayor regalo posible: una nueva oportunidad de enfangarse en la ausencia.

Un cobarde es incapaz de mostrar amor. Hacerlo está reservado a los valientes (Gandhi)

Probablemente éste sea el más clásico de todos, aunque sigue funcionando de maravilla. Consiste en el desconcierto que genera uno de los amantes al cambiar completamente el rol en la relación. Aquí el juego consiste en que aquella persona que ha sido tu príncipe azul o tu princesa, que hasta ahora te ha colmado de felicidad, empieza a mostrarse dura, crítica, te va hundiendo en la miseria hasta que realmente te conviertes en su víctima. Destrozada la persona por dentro, desorientada y culpándose por sus errores, aquel o aquella que hasta ahora ha sido tu verdugo se muestra compasiva, salvadora.

Quien asume esta manera de amar no puede amarse a sí misma, su baja autoestima y su poca seguridad personal sólo la consigue sublimar ajusticiando al otro, dejándolo en la nada. Porque cuando una persona no es nada, cualquiera a su lado es mucho. Por eso el perseguidor necesita de este juego. Ambos roles suelen necesitarse y crean una dependencia afectiva muy compleja.


Existe una forma de relación muy curiosa, que adopta aquellas personas que suelen tener la creencia de ser poca cosa. Consiste en emparejarse con personas que aparentan tener mucha iniciativa, que les confiere mucha seguridad. Son como cenicienta que confunde al príncipe con superman. Les transfieren todo el poder a cambio de mostrarse solícita y sumisas. Lo bueno del caso es que luego se quejan todo el día de tener unos compañeros que no las entienden, que no tienen sensibilidad y, sobre todo, que no les dejan hacer nada. Y cuando se les concede ese espacio que tanto anhelan, se convierte en un mar de dudas, en un sin fin de culpabilidades y, sobre todo, en mucho miedo. El mal trago lo terminan volviendo al redil de su amorcito, que les recuerda: ¡qué sería de ti sin mí!.

Uno de los juegos a los que solemos asistir los psicólogos en las consultas es aquel en el que un miembro de la pareja invita al a otro a pasar por una terapia, ya que "el problema lo tienes tú". Son personas que sólo se miran a sí mismas y para las que todo debe ocurrir según el esquema de vida que tiene planeado, también para su pareja.

Cuando las cosas no siguen ese orden acaban convenciendo a la otra persona de que no funciona bien, de que no se enteran y deberían acudir a un especialista para ver si la arregla. Estas personas funcionan por el principio de "yo no tengo problemas, los tiene los demás". No les interesa entender que en cuestión de pareja cualquier dificultad atañe a las dos partes.
Todos éstos son ejemplos de conductas amatoria neuróticas. Por supuesto que no merecen ser llamadas "amor" porque no lo son. Más bien se trata de confusiones e inestabilidades emocionales. Se trata de apegos mal resueltos o de estructuras de personalidad que tienden a repetir unos hábitos afectivos limitantes.

Crecer como persona incluye también crecer emocionalmente. Pero ahí tenemos un problema. Vivimos en sociedades que aún arrastran un fatal malentendido: creer que el amor y los grandes sentimientos, léase las pasiones, van de la mano. Grave error.


El amor auténtico no se basa en grandes tormentas emocionales, sino más bien en pequeñas semillas que con el tiempo arraigan fuertemente en nuestra alma.


A ver si vamos comprendiendo que amar no es hacer sufrir. Qué el amor no es una posesión, ni una adicción. Que la unión entre dos personas es un acto sagrado y no un juego más de nuestras neurosis emocionales.


Aconsejo ver la película "Primavera, Verano, otoño, invierno y Primavera", del directo coreano Kim Ki-duk. la historia es simple y sencilla: el aprendizaje de un hombre a lo largo de las diferentes estaciones y las diferentes etapas de su vida. El despertar a diferentes emociones como el amor, los celos y las obsesiones.


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