jueves, 9 de abril de 2009

Ir con la verdad por delante: la sinceridad




Hace un tiempo viví una situación que me llamo poderosamente la atención. Había quedado para cenar con un amigo. Nos acomodamos en una pequeña mesa para dos. En la mesa de al lado, a unos escasos 40 centímetros, tenia a una pareja a los que les acababan de servir el postre. No pude evitar prestar cierta atención a la conversación que mantenían. La mujer en un tono recriminatorio, le estaba echando en cara al hombre algo que había sucedido la semana anterior, mientras él, con la mirada baja y retorciendo la servilleta en sus manos, aguantaba el chaparrón. Al acabar le dijo: "Lo siento, pero te lo tenía que decir. Ya sabes que soy muy sincera...". Tras una pausa que a mí se me hizo eterna, él le contestó algo así como: "No sé si me lo tenias que decir, lo que si sé es que ha sido mucho más de lo lo que yo estaba preparado para escuchar", tras lo cual se levantó, y sin más explicaciones abandonó el local. El camarero llegó con dos cafés, que dejo discretamente en la mesa. Me sentí terriblemente incómoda.


Aquella noche me vino de nuevo aquella escena a la memoria. Me sentí reflejada en ella. Cuántas veces había oído aquellas malditas palabras: te lo TENGO que decir......

"Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa". Cuando pensamos en la sinceridad, pensamos invariablemente en términos de virtud. Pero lo cierto es que no siempre lo es. Sólo puede ser virtud entendida y ejercida como valor interpersonal, es decir, teniendo en cuenta lo que la otra persona puede asimilar. Si no reparamos en el efecto de nuestras palabras, nuestra sinceridad no sólo deja de ser virtud, sino que puede poner en peligro nuestra relación con los demás.


Decirlo todo, sin más y tener en cuenta las consecuencias de lo que decimos, es una sinceridad malentendida. Para ser genuinamente sinceros, el valor de decir lo que pensamos hemos de añadir la percepción de hasta dónde podemos llegar con nuestras palabras para no herir al otro. Siendo despiadadamente sincero con alguien que no está preparado, no sólo corremos el riesgo de que nuestras palabras caigan en saco roto, sino que podemos abrir una gran brecha entre los dos. Y por descontado, por más loables que sean nuestras intenciones, no estaremos ayudando al otro en absoluto.

Ser sincero significa estar dispuesto a decir lo que pensamos y preguntarnos en cada momento qué efecto producirá en el otro lo que vayamos a decir. Significa estar razonablemente seguro de que puede recibir nuestras palabras como una ayuda para entenderse mejor y una oportunidad para crecer. Sólo así nuestra sinceridad será una virtud y contribuirá positivamente a la relación.

"La sinceridad no debe jamás implicar un juicio sobre la persona" John Powell, sociólogo y escritor.


Solemos utilizar la crítica-crítica constructiva, como nos gusta llamarla-para expresar lo que pensamos de los demás. Sin embargo, si queremos que nuestra sinceridad ayude de verdad al otro, debemos evitarla a toda costa y sustituirla por una observación.

Hay una diferencia sustancial entre hacer una observación y hacer una crítica. Mientras que la observación es una descripción en primera persona de algo que percibo o siento, la crítica implica un juicio al otro. Si, por ejemplo, alguien me levanta la voz, tengo dos opciones: puedo manifestarle que su tono de voz me resulta agresivo, o puedo decirle que es un histérico. En el primer caso se trata de una observación sobre su comportamiento. En el segundo se trata de juicio puro y duro a la persona que tengo delante. Con la primera opción, mi sinceridad expresada en forma de observación puede ayudar a que el otro cambie su comportamiento y baje el tono. Con la segunda, mi sinceridad en forma de crítica es difícil que sea aceptada por el otro, y provocará un alejamiento.

Las expresiones naturales de la sinceridad deberían ser las observaciones. Sería bueno que sustituyéramos la crítica a los demás por observaciones expresadas en primera persona. Con la crítica y en nombre de la sinceridad podemos muchas veces herir a los demás, y como nos recuerda John Powell, "herir es el camino más eficaz para mantener la distancia con la gente"

¿SE LO DIGO O NO SE LO DIGO? Hay gente que siente la necesidad de decir todo lo que piensa a los demás. Amparados en la sinceridad, nos corrigen y juzgan constantemente. "Te lo digo para ayudarte", nos advierten. Pero lo cierto es que los tenemos todo el día pendientes de nosotros, a la espera de poder echar en cara cualquier error.


A esta tarea constante de hacernos notar nuestros errores se suma generalmente una percepción estática y limitada sobre nosotros, fruto de las "etiquetas" que nos hayan puesto en el pasado. Y todo ello disfrazada de virtuosa sinceridad...Asumir la vocación de hacer ver a los demás sistemáticamente sus errores nos hace unos pésimos compañeros, una compañía incomoda, y es muy probable que no nos aguanten mucho tiempo.


Además de hacer ver a los demás sus errores es una actitud cuando menos arrogante: ¿qué sabemos nosotros de los demás?, ¿cómo podemos juzgar sus motivos o sus comportamientos? como seres humanos únicos e irrepetibles, cada uno de nosotros somos expertos sólo en nosotros mismos, y deberíamos actuar en consecuencia, no pretendiéndolo saberlo todo de los demás.

Nuestra única motivación para decir a los demás lo que pensamos debería ser ayudarle en su crecimiento personal. Y echarles en cara constantemente sus errores dificilmente ayuda.

Entender la sinceridad como una virtud interpersonal, pensando en el otro y en las consecuencias de nuestras palabras, significa no tener prisa por decir las cosas, saber escoger el momento y el entorno oportuno y sobre todo saber parar a tiempo.

Tenemos muchas veces la urgencia de "decirles todo lo que pensamos" al otro , porque nos parece que "no se da cuenta" o que "le abriremos los ojos". Todas estás son expresiones comunes a la hora de aplicar nuestra muchas veces mal entendida sinceridad. Lo cierto es que nuestra urgencia es irrelevante frente a la correcta percepción que necesariamente hemos de tener si el otro puede o no recibir nuestra sinceridad.

Hablamos mucho de la sinceridad de los otros o de nuestra sinceridad con los demás, pero si queremos practicarla de verdad deberíamos empezar por preguntarnos si somos sinceros con nosotros mismos. Eso significa, en primer lugar, dejar de encontrar siempre excusas a nuestro comportamiento y dejar de pasar la responsabilidad de lo que nos sucede a los de afuera o a las circunstancias. Somos capaces de elaborar en nuestra mente las más fantásticas explicaciones para justificar nuestros actos, pero John Power nos previene de forma clara: "El uso de la inteligencia para negar la verdad nos hace insinceros con nosotros mismos".

Una vez hayamos probado la sinceridad con nosotros mismos, conozcamos su poder terapéutico y también su amargo sabor, si nos pasamos, podemos empezar a administrarla sabiamente a los demás.

Todos tenemos a nuestro alrededor gente insincera. Con ellos mismos y con los demás. Gente a la que nos gustaría "cambiar". Sin embargo, es muy difícil poder hacerlo.

La sinceridad es una actitud, y como tal no es fácil de explicar o convencer de ella a los demás. Lo que si podemos hacer-como con todas las actitudes- es contagiarla. Puedo esperar que mi sinceridad para conmigo ayude a los de mi alrededor a ser sinceros con ellos mismos, y consecuentemente con los demás.

Una de las peliculas donde queda expresada la dimensión interpesonal de la sinceridad es "la vida es bella", dirigida e interpretada por Roberto Benigni.



1 comentario:

Han Solo dijo...

la sinceridad no es mala
te hace noble
lo que pasa es que la verdad duele
y una cosa es, decir la verdad y otra muy diferente, escupirla