lunes, 6 de abril de 2009

Falta de interés en el sexo



No existe el placer allí donde no existe más que él (Gilbert Keith Chesterton)


¿Cómo puede existir desinterés en una sociedad en la que el sexo está por todas partes?. Tal vez la respuesta se encuentre justamente en esa abundancia, en su exceso, provocando la insensibilización sistemática, o sea, nos hartamos de lo que abunda, nos colapsa la magnitud de estímulos que pretenden excitarnos por encima del deseo y por debajo de la piel.

El sexo del destape dio paso al sexo más explícito y al más industrial en forma de espectáculos eróticos, revistas y filmografía pornográfica. Nos entregamos al sexo de consumo, y pasamos así del "acto" a "hacer el amor", para acabar en "follar".

Por lo visto, es hoy tan fácil acceder al sexo, que necesitamos estímulos mayores que la simple desnudez, que el juego y la danza erótica o el despertar del deseo a través del contacto. Por eso hay que reinventar el morbo, introducir nuevas prácticas como el sexo público, el intercambio, las citas a ciegas o el peor de los enemigos, que es el sexo virtual. Con un solo clic, se puede acceder al sexo que quieras a cambio de disfrutarlo en solitario, sin compromiso, sin contacto, sin esfuerzo. Pide, paga y se te dará. Demasiado fácil como para aventurarse a complicarse la vida con otro ser humano. No vaya a ser que te pida algo más que el mero deseo.

Existe un monstruo que está acabando con todo deseo a base de adormecer nuestros impulsos: la obligación. Tal vez estamos olvidando la importancia de hacer las cosas con ilusión y no por obligación. La vida de tantas personas y la de tantas parejas acaba siendo un conjunto de rutinas, todas ellas exigentes y desgastadoras, que las dejan para el arrastre. Añádase a ello la ansiedad con la que se vive hoy, la incertidumbre, las crisis..El agotamiento del cuerpo desluce el deseo y lo pospone para otro momento, para ese día en el que reine la tranquilidad y, con ella, las ganas de hacerlo todo. Es un argumento tramposo, porque la motivación se asocia a circunstancias externas no dependientes de las personas y, por eso, sometidas a la desaparición de las obligaciones, cosa que no sucederá, ya que se ha convertido en el modus vivendis de la relación.


Es curioso, porque, visto así, se asocia el sexo a una obligación más, a un consumo energético más y, por tanto para no deslucirlo, mejor dejarlo. Me extraña que el tema no se plantee en términos contrarios, o sea que, aturdidos por tantas obligaciones, celebremos que al menos nos queda el sexo. El desgaste producido haciendo el amor acaba siendo una bendición para los sentidos. Te consume y la vez te carga. Te cansa ahora, pero te aligera después. No nos importa decir que ir al gimnasio requiere un esfuerzo pero que después te sientes de maravilla. ¿Por qué no me ocurre lo mismo con el sexo?.

El sexo, no reducido a un mero ejercicio, implica estar presente. Implica sobre todo intimidad. Y eso asusta a más de uno y más de una. Hacer el amor es eso, amar, dedicarse al otro. Es entregarse. Es dar y recibir. Es una sintonía, una complicidad, una celebración. Entonces, cuando observo la frialdad o la dejadez imperante en muchas relaciones, me pregunto qué es lo que realmente les importa.

Cuando se seca el sexo, algo ocurre en la relación. Cuando se vuelve frío, algo nos ocurre a las personas. Aunque en nuestra vida cabe el sexo por el sexo, su importancia no radica en el consumo sino en el encuentro. El sexo nos vincula como otra forma de comunicación.


Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer, " el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones"

El sentimiento de protección, de filiación, de pertenencia que atesoramos desde la infancia, pasa por la caria, por el beso, por el abrazo. La sexualidad es una oportunidad de renovar ese se-timiento de aumentar el vinculo y de conducir la energía que genera el deseo.

Parece que nuestras primeras experiencias táctiles, en la infancia, resultan decisivas para la adaptación mental y emocional posterior. Me imagino que en la más tierna infancia, entre los arrumacos, los vaivenes en diferentes brazos y la frustración de no poder elegir ni cuándo ni cómo ni a quien tocar, actúa como un registro sensitivo que va a condicionarnos el resto de nuestras vidas.

Pero además de ser tocados, está nuestra experiencia táctil, nuestro despertar a las texturas y lo que inconscientemente asociamos a ellas según lo que nos proporciona.

Sin lugar a dudas, no hay palabras, ni teorías ni argumentaciones que suplan la experiencia de la mirada, del tacto, de las caricias, los abrazos y los efectos que conllevan.

Los límites de nuestra piel son la frontera con el mundo exterior y con los demás.

Por eso el roce entre pieles acaba siendo lo más íntimo entre el yo y tú. Y eso no lo despierta cualquiera, sino aquellos o aquellas que, por el misterio de la vida, tienen un pasaporte más mágico para cruzar sutilmente nuestras fronteras personales más íntimas.



2 comentarios:

viva la vida (coldplay) dijo...

todo con lo que vivimos al final nos trastorna sin darnos cuenta.
Hay que disfrutar de lo simple pero es muy dificil hoy en dia ESTAR TRANQUILO,el hombre por naturaleza es un ser insatisfecho y tendemos en muchos casos ha fijarnos en los demas.

Han Solo dijo...

el amor no es solo sentimiento, sino caricias.
Ya lo dice el dicho: el roce hace el cariño
Lo malo es ,como dice la cancio nde Nacho Cano, cuando el afecto se limita a los momentos de pasion
Pienso, que no hay que obsesionarse en tener mas o menos sexo
sino el que el corazon y el amor por la otra persona te pide