jueves, 2 de abril de 2009

Espacios intocables



Todos necesitamos nuestro espacio vital. Y a menudo nos vemos agredidos en la intimidad si desconocidos, o incluso familiares y amigos, se entrometen en nuestro círculo.
Todos vivimos en unas burbujas o cápsulas personales que significan los límites entre nuestro cuerpo y el de los demás. Pero esa burbuja no es igual para todos.

Imagínese la siguiente situación: sale usted de un edificio y toma un ascensor, en el que hay tres personas más a las que no conoce. El corto trayecto hasta la salida se hace algo incomodo por los silencios, por no saber donde mirar y, sobre todo, por evitar rozarse con alguien.

Una vez en la calle, usted accede a un transporte público, que va repleto. Se siente ensartado entre cuerpos, que lo rozan e incluso estrujan. Aunque también es una situación incomoda sobrevive hasta llegar al destino.

Respirando de nuevo el aire de la calle, entra en un restaurante, bastante lleno, y le colocan en una mesa solitaria casi codo con codo con sus vecinos de mesa. Está tan cerca que parece que esté comiendo con ellos y participando silenciosamente en sus conversaciones, aunque se hace el despistado por aquello de no parecer un cotilla. Metido en sus cosas, cena un poco e intenta agrandar el pequeño estrecho que le separa de su vecindario.

De nuevo en la calle se acerca a tomar una copa al pub o discoteca de moda. Lleno hasta la bandera. Para lograr acercarse a la barra tiene que recorrer una pista de cuerpos, como si de una prueba de obstáculos se tratara.

Todas estas situaciones tienen en común la percepción de uno mismo respecto a los demás. Cuanto menos gente, más presencia del yo individual. Cuanta más gente, mayor despersonalización. Dicho de otro modo, la burbuja personal se agranda o se estrecha en función de los contextos. Pasamos de ser uno a ser uno más. Y esto lo cambia todo, tanto que en los extremos podemos pasar de ser una persona tranquila y educada a convertirnos en unos auténticos energúmenos.

Metidos en el terreno de la comunicación no verbal, la proxémica es la encargada de estudiar el uso y percepción del espacio social y personal. Una de sus especialidades es la observación de las distancias conversacionales y como estas varían según el sexo, el estatus, los roles, la orientación cultural y otros factores que, en resumen, sirven para marcar nuestra territorialidad, o sea, los espacios intocables.

Eso de marcar territorio, aunque aparenta ser muy animal, es también una conducta humana que practicamos a diario, y no sólo con los desconocidos. También en el seno familiar solemos contraer o expandir nuestra subjetiva burbuja personal según con quien nos relacionemos. Incluso en las relaciones más intimas, los espacios y las distancias suelen tener sus significados. Nuestros estados internos o la valoración de la relación con el otro se traduce en conductas visibles, aunque silenciosas. La presencia del otro, sobre todo cuando no nos apetece, cuando estamos enfadados, por ejemplo, se hace intrusíva y puede llegar a ser vivida como una contaminación de nuestro espacio e incluso una violación de nuestra esfera personal.
Observen que cuando una persona está muy irritada, cualquier acercamiento tiene como respuesta ese reiterado "No me toques".Algo así suele sentir aquellas personas que sufren cuando su interlocutor es de esos que las agarran por el brazo, se les acerca mucho y les hablan con la boca prácticamente pegada a la oreja.

Ciertamente, el sentido de la proxémica pasa inadvertido para muchas personas que, lejos de captar la incomodidad que puede sentir el otro, creen que no hay mejor señal de su sincera confianza. ¡Qué lejos están a veces las conductas de las intenciones!.

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