martes, 17 de marzo de 2009

El arte de amargarse la vida



El ser humano, dicen, es un animal que hace arte. De hecho cultiva como sabemos muchas disciplinas artísticas, tales como la pintura, la escultura, la arquitectura, la música y la poesía, entre otras. Pero pocas veces hemos caído en la cuenta de que practicamos un arte extremadamente curioso, paradójico y podríamos decir surrealista en el que casi todos somos expertos: el arte de amargarnos la vida.

Pondré un ejemplo, el ser negativo en todo y pronosticar toda suerte de desgracia, cuando cuesta lo mismo hacer lo contrario. En un pasaje leí que Winston Churill, decia el sentencioso inglés que la salud es un estado transitorio entre dos periodos de enfermedad y que por lo tanto no augura nada bueno. Más allá de lo ingenioso de la frase rotundamente cierto que muchas personas con una extraordinaria salud viven preocupada por el temor de perderla.


El caso es que hay un fenómeno curioso llamado "profecía autocumplidora". Consiste en que si alguien profetiza continuamente que algo que le compete va a ocurrir aumenta de forma significativa las probabilidades de que dicho acontecimiento se produzca. Lo sabe muy bien el saltador de altura cuando se concentra ante el listón por encima de dos treinta, se imaginan que estuviera mentalmente diciéndose lo tiro, seguro que lo tiro, no salto ni de coña. Sería poco menos que un milagro que con esa disposición pudiera sobrepasar la altura.

Conviene por lo tanto ser positivo y derrochar optimismo, como derrochaba aquel que dijo de que no hay mal que por bien no venga.

La principal diferencia que existe entre una actitud optimista y su contraparte-el pesimismo-radica en el enfoque con que se aprecian las cosas: empeñarnos en descubrir inconvenientes y dificultades nos provoca apatía y desanimo.

El optimismo supone una actitud permanente de recomenzar, de volver al análisis y al estudio de las situaciones para comprender mejor la naturaleza de las faltas, errores y contratiempos, sólo así estaremos en condiciones de superarnos. Si las cosas no fallaran o nunca nos equivocáramos, no haría falta ser optimista.

Siempre me causa gracias recordar que, cuando los pesimistas reniegan de su condición agorera, suelen decir que no son pesimistas sino realistas. Lo cierto es que, según las estadísticas, el 85% de las veces, esas catastróficas predicciones no se cumplen, con lo cual parece evidente que es más realista esperar que las cosas salgan bien, en vez de imaginar desastres.

Cuando una persona mejora su negativa visión del futuro y apuesta porque todo puede ir mejor, y se ocupa de ello adecuadamente, la magia ocurre y los acontecimientos toman un giro más positivo. Dicen que el industrial automovilístico Henry Ford, cuando hablaba de la fuerza de nuestros proyectos, solía repetir: "Tanto si estás seguro de que todo irá bien, como si tienes la certeza de que todo irá mal, estás en lo cierto".

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