lunes, 30 de marzo de 2009

FLUIR



No sé vosotros, pero en mi caso recuerdo muchas historias de esas que no sé nunca muy bien si las soñé alguna noche de primavera o, si por el contrario, fueron producto de algún sueño fugaz que tuve despierta mientras observaba deslizarse la lluvia tras un cristal de otoño. No puedo decir siquiera con seguridad, si realmente las soñé. Lo único que puedo asegurar es que son ciertas, que ocurrieron, sólo que nunca he conseguido adivinar en qué recoveco de la realidad acontecieron.

Pero sabéis, hoy ya no es muy importante para mí desentrañar este misterio. No siempre ha sido de esta forma, no creáis, antes era muy distinta. Vereis, yo siempre he sido una aficionada a buscarle el sentido, la coherencia y la lógica a todo. Quería discernir todo con precisión y exactitud; quería saber qué correspondía al terreno de lo onírico y qué al de lo real, qué al campo de lo razonable y qué no. Mi aspiración era llegar a ser tan precisa como un relojero suizo. Pensaba que si él podía serlo con un intangible tan escurridizo como el tiempo, porqué no iba yo a poder diseccionar de un tajo razonado otro tan esquivo como la realidad. Estoy segura de que cuando era una simple aspirante a relojero del alma no hubiese podido aceptar con tranquilidad no saber si estas historias fueron verdaderamente un sueño, o si es que simplemente ocurrieron de verdad.

Porque antes era como si la vida fuese un artilugio para jugarla con la cabeza. Creo que Mario Benedetti lo expresa a la perfección cuando dice en su libro "Vivir Adrede": "Hay un modo mecánico de entender la vida, un estilo sin escándalos ni hurras, sin el desabrigo de las tinieblas ni el acompañamiento de las melodías. No sirve ser vagabundo, ni gozar con las primicias de la soledad, tal vez porque el cuerpo se vuelve un artefacto y no importan vergüenzas ni utopías. Cada jornada reclama su accesorio, cada crepúsculo es un artilugio".
Si, antes era muy distinta. Ya de niña, cuando observaba un truco de magia increíble, en lugar de quedar boquiabierta como los demás niños, yo siempre me descubría preguntándome: “dónde diablos se habrá guardado este tipo esa paloma”. Le ponía todo mi empeño y todo mi con-razón a la difícil tarea de coger a la magia por los pelos de su lógica.
Hoy en día, después de ser descubierta por la magia de la “sin-razón”, reconozco que, más que la relojería espiritual, simplemente me interesa estar atenta, alerta podría decir, a todos aquellos minúsculos detalles que los ojos del corazón tengan a bien mostrarme; por eso los mantengo bien abiertos, para no perder detalle de todo el hechizo, el encanto y el conocimiento que duerme oculto en su interior, bailando alegre al son de cada “tic tac” suyo.

¡Qué curioso, el “tic tac” del corazón! ¿Será que este rodar la vida subido a la rueda intuitiva y hechicera del corazón es un viaje tan preciso y razonable como las entrañas de un segundo parido por el mejor de los relojeros suizos?

1 comentario:

Francisco José dijo...

Hace tiempo que no te leía AMIGA mía y veo que te mantienes en forma. Tienes un estilo intrínseco inigualable. Éste artículo me ha encantado por dos cosas: el contenido y el cómo lo cuentas, personalmente, te sentí un poco más abierta la puertecita de tu interior íntimo y personal que en otros artículos... y todo muy fluido.
Me encanta cómo escribes!
Un abrazo AMIGA mía.