martes, 20 de enero de 2009

Y después de esta vida.......


curiosamente no he hablado de algo esencial a la vida que es la muerte. La muerte esta ligada a la vida como la luz a la oscuridad ¡Qué difícil nos resulta pensar en la muerte sin la vida! Vida y muerte son cara y cruz de una misma moneda. Toda sabiduría se refiere en última instancia a saber vivir y por lo tanto, dado que vida y muerte van inseparablemente unidas, también a saber morir. Filosofar, decía Montaigne, parafraseando a los clásicos, no es otra cosa que aprender a morir, o lo que es lo mismo, aprender a vivir sin miedo a la muerte.

La muerte suele ser para la inmensa mayoría de nosotros una presente ausente. Es decir, algo que está continuamente presente en nuestras vidas-en los telediarios, en las películas, en los periódicos, en la radio- y sin embargo está ausente de nuestro pensar. Incluso cuando asistimos a algunos entierros, en los que el finado es familiar de algún amigo, la muerte-presente allí a gritos- la mantenemos ausente en nosotros. Vivimos ajenos a ella, a pesar de lo cercana que está. Hay un proverbio tibetano que dice: “Mañana o la próxima vida; nunca se sabe que llegará primero”. Es así, para morir sólo hace falta una cosa, imagínatela…Da igual lo mayor que seas, por muy anciano que uno sea siempre podrá vivir un día más, y por muy joven que seas no puedes garantizar que amanezca mañana para ti; da igual también la salud que se tenga, hay muertes súbitas en niños sanos y en atletas extraordinarios, hay accidentes, atentados y terremotos que surgen siempre sin aviso; da igual lo feliz que te encuentres o lo seguro que te halles, la muerte puede llegar a cualquiera y en cualquier momento.
No pensamos en la muerte y ni siquiera la nombramos, y cuando la nombramos decimos aquello de “lagarto, lagarto. Lo que pasa es que tenemos una fobia, concretamente una tanafobia. El método avestruz nunca fue un buen método y es el que practicamos. A los miedos, lo sabemos bien los psicólogos, se les combate enfrentándonos a él y se les hace crecer evitándolos.

Aún así hay personas que temen a la muerte porque no quieren dejar de ser quienes son. Se agarran a la fe como a un clavo ardiendo, tienen pánico a la nada. Ese era el caso de Unamuno que prefería el más terribles de los infiernos a la nada. Es mejor vivir en el dolor que dejar de ser en paz, decía don Miguel. Yo particularmente no puedo concebir la nada y sólo se me ocurren las palabras del Baghavad Gita : lo que existe no puede dejar de existir ni lo que no existe no puede llegar a existir. Que es idéntico al principio de la física actual: la energía no se crea ni se destruye, simplemente se transforma. También estarían los que temen a la eternidad manteniéndose en su identidad. Era el caso de Borges cuando decía que lo terrible para él era la eternidad en su individualidad porque Borges estaba cansado de Borges.
Racionalmente estoy entre ambos más cerca del segundo. Woody Allen con, ¡Qué necesario es siempre el humor y en un tema así aún más!, compartía la postura de Borges y desde su perspectiva cinematográfica, como si de una película se tratara, decía que no le convencía mucho lo de la eternidad porque la eternidad se tenia que hacer muy larga, sobre todo hacia el final.

La religión, la creencia en Dios juega un papel en las explicaciones sobre la muerte, la vida después de la muerte. En la vida, en la tuya y en la mía, antes o después surge la angustia, la congoja existencial. En la vida de algunos, entre los que me incluyo, esa angustia existencial es una sombra incansable que siempre persigue. Es un sentimiento complejo, mezcla de miedo, de asombro, de vértigo, de zozobra que se despierta al tomar uno consciencia de su ser, del misterio de la existencia, de lo efímero de todo. Un día uno descubre y no con la cabeza sino con las tripas, que es mortal, que se acerca la muerte, mi muerte y todo se llena de inseguridad y de incógnitas.

Pero sigamos con temores. Hay gente que teme a la muerte porque teme tener que dar cuenta a Dios. No quisiera parecer impía, pero sé que Dios debe tener mucho sentido del humor y sabrá disculparme por lo que voy a decir: yo creo que antes de dar cuenta nosotros a Dios de lo que hemos hecho aquí abajo, tendrá que darnos primero cuenta él a nosotros de porqué y para qué nos puso aquí, porque hay que reconocer que no se nos ha dado muchas explicaciones y andamos un poco perdidos en la existencia, elucubrando siempre sobre el donde venimos, a dónde vamos y quiénes somos.

Añadiría como resulta muy curioso comprobar como nos valemos de una ilusión (la del tiempo), para espantar la ilusión de la” muerte”, no es más que vida en el otro lado. Traspasando el velo, no es más que otro estadio de la conciencia que nos produce la incomprensión de la muerte. Inmersos inconscientemente en la ilusión del futuro, ahuyentado la conciencia del miedo que nos produce la incomprensión de la muerte. El ahora se diluye para convertirse en el mañana y en ayer, como si sólo lo vivido y lo por vivir fuese auténtico, tuviese sentido. Como reclamamos un futuro, vivimos cada momento a la espera, insatisfecho, como de paso. De esta forma la alegría del presente, el eterno ahora se nos escapa de las manos, sin conciencia, en la esperanza de que lo que vendrá será mejor. Por eso la esperanza es un arma de doble filo, pues la mayoría de las veces nos quita la oportunidad de ponerle conciencia a la realidad, lo que me evita aprender su lección, en la creencia de que mañana podrá superarse. Cuanto más ambición de este tipo más miedo a la muerte. Por lo tanto la aceptación de la muerte tiene que ver con la vivencia total del presente, el exprimir la realidad al 100% en todas sus características, estando preparado para que sea la última experiencia.

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