miércoles, 3 de diciembre de 2008

Atreverse a ser un mismo


Cuando nos falta seguridad en nosotros mismos, ocultamos la verdadera persona que somos, ya que el miedo al rechazo hace que actuemos de acuerdo a lo que suponemos que esperan los demás.
La idea de ser aceptado por todo el mundo es una meta que no podemos alcanzar. Si se necesita de forma extrema la aprobación siempre se generará una preocupación por el cuanto le aceptaran a uno.
Es imposible que uno siempre sea simpático o agradable cara a los demás.
Aunque uno pudiera alcanzar la aprobación de los demás, eso exigirá una enorme cantidad de esfuerzo y energía.
El intentar ser aprobado por los demás generaría un servilismo donde se tendría que abandonar todas las necesidades.
La incertidumbre de no conseguir la aprobación de los demás generaría un comportamiento inseguro y molesto.
Tener la obligación autoimpuesta de gustar a todo el mundo es un objetivo inalcanzable y excesivamente perfeccionista. No es posible. Siempre podemos encontrar a alguien a quien no agrademos por cualquier razón: por nuestro aspecto, forma de hablar, profesión, opiniones, creencias, modales, o por cuestiones tan insignificantes como la ropa que llevemos ese día, nuestra forma de andar o de reír. Hasta las personas más sobresalientes en campos tan diversos como la ciencia, la cultura o el deporte, tienen tantos detractores como defensores. La única forma de intentar contentar a los demás sería adaptar camaleónicamente nuestra forma de ser en función del ambiente en que nos encontrásemos. Vestir nuestra personalidad con los más variados disfraces para adecuarlos a las distintas personas y circunstancias que nos enfrentamos. Además de resultar agotador, este comportamiento acaba generando un estado de confusión tan grande que al final ya no sabemos que es auténtico y que es un disfraz. A nivel psicológico y personal todo esto nos va a llevar a la renuncia de uno mismo, con la consecuente pérdida de nuestra identidad. Las personas que intentan hacer esto, habitualmente sin darse cuenta y de forma paradójica acaban gustando menos a los demás, porque son conceptualizadas como personas inmaduras y sin personalidad. Cuando no nos respetamos a nosotros mismos, lo que acabamos sintiendo es fastidio. Muchas veces es un fastidio cuyo origen nos cuesta precisar. La raíz de este fastidio, esta en como nos desestimamos a nosotros mismos, en cómo nos relegamos y, finalmente acabamos traicionándonos. Para revertir este malestar, es menester que comencemos a escucharnos. Se trata de considerar sincera y realmente lo que pensamos y no descartarlo rápidamente, de tener en cuentas nuestras ideas y sentimientos y no relegarlos en un cajón. Tenemos que respetarnos y esto va implicar ser consecuente con lo que pensamos, sentimos o queremos, en algunas ocasiones implicara enfrentarnos con alguien. Enfrentarse no significa aquí pelear, pero sí implica soportar cierta tensión. Porque si me soy fiel a mí mismo, es muy probable que otros desaprueben lo que decido hacer o juzguen reprochablemente mis sentimientos. Cuando nos respetamos a nosotros mismos, algunos lo comprenderán e, incluso, nos apoyarán; otros sin embargo, confundirán la firmeza con la agresión, la convicción con el desinterés y el desacuerdo con el desamor. ¿Por qué? Porque lamentablemente hemos aprendido que " ser bueno es muy bueno". Y también hemos aprendido que "ser bueno" es entregarse totalmente, ocuparse y preocuparse de los demás, aun a costa de uno mismo. Esto lleva, en algún momento, a la creencia de que cualquier deseo para uno mismo tiene algo sospechoso y cuestionable. Y yo creo que, para respetarse a uno mismo, es necesario renunciar a la idea de que todos nos consideren "bueno". Lo mejor es atrevernos a ser siempre como realmente somos, asumiendo que no podemos gustar a todo el mundo, de la misma manera que no todas las personas nos gustan a nosotros. No se trata de rechazar sino de elegir: como tenemos criterios y pensamientos diferentes, solemos reunirnos con quien los comparten. Mostrarnos como verdaderamente somos nos dará la seguridad de tener afectos sinceros y la tranquilidad de reafirmarnos en nosotros mismos.Cada vez que nos disfrazamos para ser aceptados, que obedecemos a las normas y reglas de los demás para pertenecer a un grupo o que dejamos de decir "no" a lo que nos daña, estamos perdiendo la oportunidad de sentirnos orgullosos de ser quien somos. Es decir, reemplazamos nuestro nombre propio, el que verdaderamente nos identifica, por la identidad de lo que creemos que tiene más valor. Por ejemplo, cuando yo me presento, siempre digo: "Soy Matilde" y continúo con lo que tengo que decir en ese momento. Pero si, en lugar de hacerlo así, dijera "Soy psicóloga", se evidenciaría que mi orgullo radica en mi profesión y no en mi misma. Por supuesto que también puedo estar orgullosa de ser psicóloga, pero no lo estaré si primero no estoy orgullosa de mi misma, simplemente por el hecho de ser Matilde. Hay que intentar dejar de buscar por qué sentirse orgulloso y procurar entender que la razón de ser quien eres es motivo de sobra.

1 comentario:

Craimon Kiltoff dijo...

MUUUUY INTERESANTE TU BLOG.
UN BESO!