viernes, 21 de noviembre de 2008

Abrir la mente a otras ideas


Nada en la vida es blanco o negro, nadie detenta una única verdad. Pero sin darnos cuenta, hemos interiorizado una serie de valores y normas que creemos inamovibles y nos limita.
Esta rigidez mental nos hace repetir actitudes dañinas y nos impide crecer como personas. Ser más flexibles nos permitirá aceptarlas, rechazarlas o modificarlas según ocasión. Con una mente abierta, la vida se llena de colores de la libertad.
Las personas nos vemos rígidos en nuestra forma de pensar o de actuar, repetimos irreflexiva y mecánicamente las maneras de entender el mundo y el modo en el que nos relacionamos con los demás.
Y es evidente que una mentalidad rígida nos creará conflictos. Por un lado, nos dificultará encontrar soluciones para muchos problemas; por el otro nos impedirá aprender de las nuevas experiencias que vivamos. Cuando somos rígidos la mayoría de las veces acabamos siendo esclavos de las normas que nos imponemos nosotros mismos.
Los principales signos de una mentalidad rígida son la incapacidad de cuestionar las propias ideas y, en consecuencia, la repetición de ciertas conductas o estrategias. Vale la pena aclarar que tener una mente abierta no implica necesariamente cambiar de ideas u opinión, sino poder preguntarse por los propios modos de pensar, por nuestras razones para preferir esto a aquello.
Una mentalidad rígida se basa en supuestos que se han vuelto incuestionables y que, normalmente, llamamos prejuicios, mandatos y normas. Son ideas que se han fosificado y vuelto inmodificables.
Vivimos rodeados de estos supuestos, los hemos asimilado de tal manera que casi nunca nos damos cuenta de que están allí ni de cuanto nos influyen. Y eso justamente es lo que los hace tan dificiles de flexibilizar. Porque aun cuando logremos tomar conciencia de ellos, están tan arraigados a nuestro ser que, a pesar de reconocer que no tiene fundamento alguno, ponerlos en cuestión es realmente difícil.
Para abrir nuestra mente y adaptarnos a situaciones diversas y a un entorno siempre cambiante, es preciso desarmar ciertas creencias, prejuicios y normas autoimpuestas que se establecen a partir de la propia experiencia, por imitación y aceptación de los dogmas que en parte se llevan a cabo en nuestra educación.
Es bueno darnos cuenta de los supuestos que hay detrás de nuestras conductas rígidas. Cuando tropezamos continuamente con la misma dificultad, debemos suponer que nos encontramos ante un punto rígido. Es probable que relacionado con esta situación o tema particular, tengas algún supuesto que creamos incuestionable y que nos inmoviliza. Cuando esto nos ocurra, preguntemos a nosotros mismos que creencias se ponen en juego en dicha situación.
Para evitar que aquellas conductas que te fueron útiles en un momento dado se vuelvan rígidas, es necesario actualizarla y adaptarlas al presente.
No debemos olvidar, algo que cambia constantemente: nosotros mismos. A lo largo de los años vamos cambiando, no somos los que fuimos. Tenemos otros recursos y otras posibilidades. Estrategias que nos fueron imprescindibles en algún momento pueden ser innecesarias ahora; cosas imposibles en aquel entonces pueden estar hoy a tu alcance. En ocasiones, aún cuando no haya cambiado nada más, el solo hecho que hayamos crecido como personas marca toda la diferencia.
Para ir mejorando cada día y ante las necesidades nuevas que nos van surgiendo es necesario revisar nuestras creencias, reformarla cuando ya no nos valen. Es preciso que seamos sinceros con nosotros mismo para hacer los cambios necesarios. Podemos imaginarnos como cuando vaciamos nuestras mochilas después de un viaje, se quita aquello que pesa pero que no es necesario, y así se puede seguir caminando y se puede llenar de nuevo. Nuevas ideas en tu mente, te permitirán avanzar con más confianza y libertad.

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